Menu

“¿Lo bañás vos o querés que lo bañe yo?”, preguntó la enfermera.

Me dio pudor decirle que lo bañe ella. Yo estaba cansado pero, después de todo, es mi hijo y, lo que sea que hiciera falta, me correspondía.

“Lo baño yo”, dije.

“Bueno, le desconecto la vía. Ponele una bolsa de polietileno en el brazo para que no se moje. Te dejé un par en la mesa. Y también Pervinox. No uses jabón, usá Pervinox”, insistió. Tras las últimas recomendaciones, me dejó a solas con Sebi. Lo miré a los ojos y le dije: “Sebi, nos vamos a bañar. Va a ser un poco complicado, pero lo vamos a lograr, como esa vez que nos quedamos encerrados en un cambiador chiquito en un negocio en la galería de Acoyte y Rivadavia, y vos con los jeans por las rodillas te caías contra las paredes que se movían, y te matabas de risa, ¿te acordás?”.

Sebi se acordaba, pero ya no se mataba de risa. Ni de esa anécdota ni de nada.

Me miraba con cara triste, una especie de bronca triste, y asentía, porque ya no podía hablar. Y le costaba masticar. Y moverse. Y caminar. Yo no encontraba palabras que lo hicieran cambiar esa expresión. En otros momentos me había resultado tan fácil… Compinche, solidario, me festejaba los chistes tontos, o las canciones de Les Luthiers que le cantaba cuando se iba a dormir. Esas carcajadas, que eran su marca, habían desaparecido. Y yo vivía de eso. El sonido de su risa me alimentaba, me daba esperanza y fuerza. Justo lo que en ese momento necesitaba para levantarlo y llevarlo a bañar.

La habitación 7 de internación pediátrica del Sanatorio de La Trinidad era cómoda. Tenía baño propio, con ducha abierta, sin mamparas ni zócalos. Lo que en otro caso sería una incomodidad, en esta situación facilitaba las cosas. Una pequeña ventana al exterior dejaba ver el cielo despejado de esa mañana de julio de 2008. Abrirla fue el máximo gesto de libertad que me pude permitir. Digo libertad porque los sanatorios son una cárcel: la enfermedad una condena, enfermeros y médicos, carceleros. Y las ventanas son siempre la ilusión de escapar.

Abrí la canilla de la ducha y esperé unos minutos. “Va a ser muy caliente para él” pensé. Giré un poco la de agua fría hasta lograr una mezcla con la temperatura apropiada. Cerré todo intentando memorizar cuánto había que girar cada canilla para que no se queme ni pase frío. Hubiese venido bien una salida de agua abajo, como en las bañeras, para no tener que volver a mezclar, pero no había. Solo ducha.

Acomodé en el centro del baño una silla plástica blanca, de esas de jardín, y fui a buscar a Sebi. Lo tomé suavemente de la nuca y lo ayudé a incorporarse. Después agarré sus piernas y las giré hacia el borde de la cama, dejándolo sentado. Lo bajé al piso -aunque con dificultad, todavía podía caminar-, y fuimos juntos hacia el baño. Yo aprovechaba todas esas acciones para acariciarlo y acariciarme con él. Lo acomodé sin apuro en la silla. Mientras abría ambas canillas en las proporciones correctas para que el agua saliera de una temperatura agradable, le hacía visera con mi mano izquierda para que no le salpicara en los ojos. Después del impacto inicial, cerró los ojos y empezó a disfrutar de esa lluvia tibia sobre su cuerpo. Le puse Pervinox en la cabeza y el torso, y se lo pasé con todo el amor que mis manos fueran capaces de transmitir. No podía recordar el año en que había dejado de bañarlo, aunque fuera ocasionalmente. Me reprochaba por no haber guardado entre mis recuerdos esos momentos que, repentinamente, se me hacían tan especiales.

Giré las canillas hasta cortar el paso del agua. Sebi mantenía los ojos cerrados. Recién los abrió bruscamente cuando le pasé por la cara una gasa que usaba para secarlo. Como si esa gasa lo sacara de un sueño del que no quería volver, uno en el que se veía corriendo por el Parque Centenario, o jugando con su Gameboy en el patio del colegio. O, si fuera muy necesario, haciendo una prueba de matemáticas: lo que sea con tal de no estar ahí. Pero no. Esa maldita gasa, en mis manos, tuvo que abrir sus ojos y sacarlo de ese mínimo recreo.

Volvimos lentamente. Lo abracé bien fuerte, lo levanté y lo senté en la cama. Volví a tomarlo de la nuca para apoyar su cabeza en la almohada y le acomodé las piernas.

Me senté a su lado y nos miramos.

Su cara volvió al rictus anterior.

Me miraba fijo. “Sebi, ¿te sentís mejor con el baño? Está bueno, ¿no?”. No me respondía. Ni siquiera asentía con el gesto que siempre usaba. Solo me miraba fijo. “¿Querés que te suba un poco la cama para que mires tele?”. Me seguía mirando. Con esos ojos melancólicos y tristes, clavados en esa cara que no era suya, regordeta y granuda de corticoides, con una pelada irregular, fruto de los rayos y de los estudios donde le pasaban la máquina de afeitar como si se tratara de alguien que ya no merecía cuidado estético alguno.

Yo lo miraba, intentando transmitir una serenidad que no tenía, conteniendo las lágrimas que se desencadenarían un par de días después, y que ya no se detendrían jamás.

“¿Querés algo, Sebi, tenés hambre, ganas de hacer pis?”.

Él no podía articular ninguna palabra, pero me hablaba. Con los ojos. Lo podía escuchar con claridad: “Claro que quiero algo, ¡sacame de acá!” me decía. “Sacame de este sanatorio, de estos sueros, de este cuerpo gordo, pelado y mudo, ¡sacame, papá, por favor! Si vos sabés cómo me gusta hablar, si sabés que toda mi vida me defendí con eso, con la palabra, ¿no podés hacer que me la devuelvan, papá?”.

Cada día, desde entonces, escucho esas súplicas.

Y no tengo a quien decirle que no, que no puedo.