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Sábado al mediodía, invierno de 1996.

Nos bajamos del colectivo 135 en la parada de Alvarez Jonte y Benito Juárez y caminamos cuatro cuadras hasta la casa de mis viejos. En esas cuatro cuadras, sin saberlo, tomamos decisiones importantes.

Llevábamos con Marta año y medio de casados, éramos una pareja aún lejos de ser familia, aunque la idea merodeaba. Ella tenía una visión idealizada de su futura maternidad, la presentaba como una especie de trámite sencillo que no acarrearía demasiadas alteraciones en las actividades que desarrollábamos. Parecido a lo que decía Ricardo, el imprentero que me alojaba cuando hacía mis primeras armas como diseñador, “un hijo son $30 más en la cuenta del supermercado”. Yo me resistía a tanto simplismo, pero cuando extendía su explicación no sonaba mal: “¿vos le vas a dar la teta? No. ¿Vos lo vas a cambiar? No. ¿Vos te vas a levantar a la noche si llora? No. Eso sí, cuando vas al supermercado, manoteás un par de paquetes de pañales, unas leches maternizadas, un frasco de óleo calcáreo. Ahí tenés los 30 pesos”.

Yo intentaba estirar los plazos, presentar el lado dificultoso de la cuestión, encontrar los mil y un inconvenientes. Pero en aquellas cuatro cuadras, mis propios argumentos mostraron su flaqueza.

“No es tan fácil como decís, ¿sabés el quilombo en el que se transforma una casa?”, insistí.

“¿Y vos cómo te imaginas ese quilombo?”, me desafió.

“Imaginate que vos estás estudiando, y de repente tenés alrededor a dos chicos a los gritos, diciendo ‘¡Mamá, Mamá, Sebastián me está molestando!’, y vos teniendo que interrumpir todo para reprenderlos: ‘¡Sebastián, dejá de molestar a tu hermana!’”.

Lo que quise describir como un infierno, me pareció exactamente el lugar donde quería vivir.

“¿Así que se va a llamar Sebastián?”, resolvió Marta.