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Como desentendido del contexto tiró su sentencia al aire: “es una nena, se va a llamar Sofía”.

Estábamos entrando al consultorio donde Marta, con una panza de cinco meses, se iba a hacer el estudio que probablemente confirmaría el sexo del bebé, entre otras cosas. Es paradójico pero, en la ecografía donde la pareja va a conocer el género del hijo que espera, parecen no importar otras cuestiones que en el resto de las ecografías sí, como si tiene dos ojos, todos los dedos, los órganos que corresponden, y demás obsesiones producto de no saber qué está pasando allí dentro.

Conversábamos sobre lo que suelen hablar las parejas embarazadas en la previa de un estudio. Habíamos querido llevar a Sebi a conocer a su futuro hermano, una actitud muy progre que él no valoraba mucho. Parecía bastante aburrido en la sala de espera. Aparentaba estar en otro planeta, en su planeta, pero estaba más en éste mundo que nosotros. Y así nos lo hizo saber con sus palabras. Dicha en tono casual, sin pretensiones de predicción que, por otra parte, un chico de 4 años no suele tener, la frase pasó por primera vez, sin pena ni gloria, en medio de nuestros comentarios sobre posibles nombres: “Es una nena, se va a llamar Sofía”.

Al entrar al consultorio, el médico, llamativamente obeso y a quien uno imaginaba le costaba moverse entre el instrumental sin producir destrozos, quiso ganarse su confianza y para derretir el hielo le preguntó: “¿Sabés que vamos a hacer acá?” (por suerte no le preguntó de qué cuadro era, porque lo hubiese obligado a responder por milésima vez que no le interesaba el fútbol). Sebi lo miró con cara de sí-me-lo-dijeron-mis-papás-20-veces-pero-te-dejo-que-me-lo-digas-vos-así-te-sentís-importante, ante lo que el profesional en cuestión le contó en qué consistía la ecografía, y que era posible ver a su hermano dentro de la panza y “si tenemos suerte, podemos saber si es un varón o una nena”.

“Es una nena, se va a llamar Sofía”, insistió.

Lo decía con tanta suficiencia y convencimiento que hacía quedar en ridículo al tomógrafo, aparato que requirió décadas de desarrollo para mostrarnos lo que un chico nos estaba transmitiendo, supongamos, por intuición. Parecía no necesitar de aparatos complejos para desentrañar los secretos más profundos de la paternidad.

El médico también estaba incómodo. Le habían quitado provisoriamente el placer de informar el sexo del bebé, y estaba sediento de revancha, que se concretaría al desmentir la contundente e irresponsable afirmación de Sebi.

Acto seguido el ecografísta (insisto, lo recuerdo muy gordo, lo cual es irrelevante para la historia, pero lo llamativo de su gordura era la agilidad con que se movía dentro de un ambiente mínimo, lleno de aparatos y con otras tres personas: algo estaba fuera de escala en esa escena) se dedicó a lo suyo, y comenzó a poner gel en la panza de Marti. Las primeras imágenes trajeron los primeros comentarios. Casi todos referidos a la descripción de las partes del cuerpo que se iban viendo, y a cómo habían evolucionado respecto a la ecografía anterior. “Ven, papis (término desesperante utilizado frecuentemente por médicos y maestros), ahí pueden ver la carita, ese cuenco es una oreja…” Y así hasta llegar a la zona genital. Ahí miró concienzudamente, en silencio, durante un rato que parecieron minutos pero fueron segundos.

“¿Qué dijo el chico? ¿Que va a ser una nena? Parece que los chicos siempre tienen razón, es una nena nomás…” “¿Seguro?”, pregunte. “Sí, 100 % seguro.”

Nos miramos con Marti, y no precisamente porque Sebi había dicho que era una nena, ya que en definitiva un 50 % de probabilidades de acierto es un porcentaje alto. Nos mirábamos porque, además de decir con toda seguridad que era una nena y había acertado, dijo que se iba a llamar Sofía, un nombre que no estaba en nuestros planes y no teníamos idea de dónde había sacado. No tenía compañeras con ese nombre, no había programas de TV, serie o dibujo animado con Sofía alguna. No teníamos familiares, ni ídolos ni amigos ni enemigos que se llamaran así. Anteriormente, había decidido que su abuela pasaría a llamarse “Yaya” -apodo que conserva hasta hoy de parte de sus nietos- y tampoco sabíamos de donde lo había sacado.

“¿A vos te gusta el nombre Sofía?”, me preguntó Marti. “A mí me encanta”. “A mí también”.

“Entonces, si estás de acuerdo, se va a llamar Sofía”.

Y desde ese día, y seguro que desde mucho antes también, Sofía y Sebastián fueron hermanos para siempre.