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Siempre me gustó escribir.

En la adolescencia le escribía a los amores frustrados. En los ‘80, tipiaba en una Olivetti encendidos alegatos políticos, que acompañaron mi militancia en el despertar democrático del país. Actualmente es mi trabajo el que me da la oportunidad de jugar al redactor creativo. En fin, nada relevante. Escribir es, para mí, la oportunidad de conectarme con lo literario sin la obligación de leer, actividad para la que carezco de constancia y voluntad.

De todas formas, la escritura nunca fue un hábito ni encontró en mí una razón de ser, hasta la muerte de Sebi.

Durante su enfermedad, entre enero y julio de 2008, quise escribir un blog, en el concepto original: una bitácora de vida. Contar día a día las cosas que íbamos viviendo para superar ese trance. Lo imaginaba como el sitio que iba a relatar una historia de superación, el recorrido que lleva a una sanación, producto de la fuerza de voluntad y la actitud positiva ante la vida.

Así fue que, cada noche, al acostarme, imaginaba las cosas que escribiría ese día. Y todas las noches proyectaba que al día siguiente iba a comenzar. Pero nunca tenía el tiempo, o la fuerza, o la capacidad de concentración necesaria.

Finalmente, la historia de mi blog imaginario no tuvo el final deseado.

Retome ese proyecto cuando ya no me quedaron lágrimas por llorar, aunque muy lejos de la idea original. Lo hice, básicamente, porque no confiaba en mi memoria. Pensaba que si congelaba en textos los momentos vividos, ya no podrían ser condenados al olvido.

Al principio escribía odio, no tenía muchos más sentimientos que ese. Odiaba a los médicos que no lo habían salvado, a los maestros que lo habían menospreciado, a los que tenían hijos de edades similares a Sebi, a los chicos de edad similar a Sebi, a padres de chicos de edades que Sebi supo tener, y a Lucy, la china del supermercado que le regalaba golosinas, también. Me odiaba a mí mismo por los errores que ya no podría reparar, por no haberle dado genes de mejor calidad, y odiaba a los que querían ser más víctimas que él, recordándome todo el tiempo lo que sufrían con su  pérdida.

Escribía con dolor, con los ojos empañados, contando mi desgarro y el de Martita, relatos de ausencia y vacíos ruidosos.

En algún momento, algo cambió.

No sé cuándo, pero en cierto punto de inflexión, los relatos naturalmente dejaron de tenerme como protagonista, para cederle el lugar a Sebi. Y ahí, sin buscarlo, encontré un sentido más constructivo a mi escritura: reunir un puñado de historias que, al leerlas, me permitan tener a mi hijo en tiempo presente.

Hoy me encuentro con estos textos. Desparejos y anárquicos, escritos cada uno de ellos de un saque, vomitados, como los vómitos de Sebi. Pero, a medida que avanzo en su lectura, me descubro inesperadamente conectado a esa magia tan especial con la que él solía iluminarnos.

Esa magia que, deseo, ustedes puedan descubrir y atesorar, como lo hago yo.