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En febrero del ’99 estábamos a punto de irnos de vacaciones por primera vez en varios años. Ya sea por el nacimiento de Sebi, o por la necesidad de mudarnos y los costos que esto representaba, los últimos veranos los habíamos pasado en Buenos Aires, así que la noche previa a salir, la ansiedad se hacía sentir en casa.

Sebi, con poco más de 20 meses, era permeable a esa ansiedad, estaba excitado, iba y venía de un lugar a otro, eso incluía el paso permanente del living al balcón, siempre a punto de tropezarse con el marco de la puerta ventana. Lo motriz no era su especialidad, pero uno no podía estar siempre encima, tenía que dejarlo ser, que aprenda a manejar su cuerpo con la práctica.

En uno de esas idas y vueltas, quedó parado justo sobre el marco de la ventana, con un pie del lado del balcón y el otro del lado de living. Las piernas se le empezaron a abrir hasta caer sentado y balanceando la cabeza hacia abajo, dándose la frente contra el filo del marco. Lo primero, el llanto y el chichón. Lo segundo, ir a buscar hielo para ponerle en la frente. Pero habíamos descongelado la heladera porque al día siguiente nos íbamos. Lo único congelado que había era una pata de pollo. Y ahí fue a parar esa pata de pollo, a la frente de Sebi. “Qué importa lo que es, si lo que desinflama es el frío”, me decía Marta.

Tengo esa foto grabada a fuego: su carita hermosa, ese pelo tan rubio, con una pata de pollo en la frente, haciendo pucheros.