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El ser hijo de padre judío y madre católica debería representar de por sí un motivo de confusión para cualquier chico.

En la infancia, ser judío me hacía sentir que pertenecía a una determinada tribu, y eso generaba en mí cierta tranquilidad. Aunque se trate de una tribu perseguida y discriminada a lo largo de su existencia, daba igual. Yo era un chico judío, como soy ahora un hombre judío, aunque los valores que representa esa definición se hayan modificado a lo largo de los años. Imagino que si no hubiese sido un chico judío me hubiera gustado ser un chico católico o musulmán, pero lo que es seguro, en esos años no habría querido estar fuera del paraguas protector de algún dios.

La adultez y la paternidad me encontraron más racional respecto de la fe en general y de las instituciones religiosas en particular. La razón y la religión no se llevan bien. Sebi pudo poner eso en palabras ingeniosas en varias oportunidades.

Marta, sí es una mujer de fe. Aunque después de la muerte de un hijo toda su estructura de creencias se puso en cuestión, siempre confió, esencialmente, en Dios. A partir de los 5 años de Sebi, momento en el que aparecieron síntomas preocupantes en su salud –vómitos, dolores de cabeza, largos períodos de sueño para recuperarse de estos trances– asistió a unos pocos encuentros religiosos en una iglesia de la localidad bonaerense de Ezeiza, a la cual continuó concurriendo una vez al año. A partir de allí, todos los días, sin interrupciones, dedicó unos instantes, preferentemente por la noche, a leer la biblia. A mí no me molestó. Ella parecía encontrar paz en esos momentos, yo interpreto que era su arreglo con Dios para que éste preserve la salud de Sebi.

En nuestro matrimonio había un acuerdo implícito, aunque puede que alguna vez lo hayamos conversado, respecto a la neutralidad religiosa en la formación de nuestros hijos.

No he sido del todo leal a ese acuerdo porque, si bien nunca fomenté un acercamiento de Sebi al judaísmo, sí alimenté su innata vocación por lo racional y científico intentando que desde allí ponga distancia con toda concepción cristiana.

A veces con métodos bastante arteros.

Me acuerdo cuando, ya en edad de entender que Papá Noel es una extraña negociación entre la perversión de los adultos y el insaciable deseo de juguetes por parte de los chicos, dejó caer una reflexión, sin tono de pregunta, pero buscando confirmaciones: “lo de Papá Noel es imposible… me parece. Cómo va a estar a la misma hora en todos lados…”. Yo esperaba ese comentario desde la primera Navidad. No de Sofía, a la que le deseé una ilusión lo más duradera posible. Pero de Sebi sí esperaba un rápido desengaño. La respuesta a sus palabras fueron groseras de mi parte: “Y, es difícil creer que un señor gordo y viejo, pero viejo hace tantos años que uno no sabe cómo todavía no se murió, entre a la misma hora en todas las casas del mundo por la chimenea, aunque la mayoría de las casas del mundo no tienen chimenea ni nada que se le parezca, a dejar regalos, que en las casas de los chicos ricos son regalos fabulosos, en la casa de los chicos pobres son regalos de mierda… Y seguro a los chicos muy pobres ni regalos lleva. Además de ser muuuuy difícil, si existiera, sería un viejo hijo de puta. ¿Podría ser un poco más justo, no?”

Después, nos divertimos mucho mientras él me contaba desde cuándo sabía que Papá Noel no existía pero temía que confesarlo lo dejara sin regalos, y no sé si en esa misma charla no despedimos para siempre, también, al Ratón Pérez.

No tardó mucho Sebi en utilizar este mismo razonamiento para la religión y sus creencias, a medida que empezaba a entender que la escuela podía ser una fuente de información bastante interesante y mucho más disfrutable que en esos primeros años de cursivas tortuosas y dictados sacrificados.

Y pronto el método de desenmascaramiento navideño comenzó a aplicarse a otras cuestiones más incuestionables.

–¿Vos creés en que existe el cielo?

–Claro, mirá las nubes, a la noche se ven las estrellas, otros planetas…

–Ese cielo no, el cielo del que habla la abuela Yaya, donde está dios, y hay ángeles y todo eso.

–Y, todo el mundo tiene derecho a creer que hay seres con alitas en la espalda y un tubo fluorescente circular como el de la cocina en la cabeza –dije sarcásticamente olvidando que hay edades y edades para los sarcasmos.

–O sea que no, que no crees.

–La verdad es que no, pero Sofi y vos tienen que creer en lo que les parezca, ni mamá ni yo vamos a influenciarlos para que piensen de una forma o de otra –mentí.

–Sí, a mí me parecía lo mismo, Yaya dice que dios creó el mundo, pero para mí el mundo se creó en el big-bang, esa gran explosión de la anti-materia.

–Sí, Sebi –interrumpí– ya me contaste lo del big-bang, yo no sé si eso es cierto, casi que me parece tan difícil de comprobar como lo otro, pero suena más de esta época.

–Entonces en realidad yo no creo en dios, pero a mamá no le digo nada, porque ella todas las noches lee ese libro rosa, y cuando lo lee yo trato de no entrar al baño, aunque me esté haciendo pis, así puede leer tranquila.

Ese comentario me pareció un gesto de amor enorme.

Hoy siento que Sebi creó su propia religión, una basada en el respeto, la alegría y la fuerza de voluntad. Trazando una línea entre lo que está bien y lo que está mal, y aplicándola no sólo para juzgar a otros, sino para sus propios actos.

Si esa religión tiene un cielo, es allí donde Sebi está.