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“¿Así comienza? ¿Sin un texto o algo que nos introduzca un poco en tu historia?”, me dijo con tono enojado un conocido escritor a cuyo taller literario asistía, y a quien le admiraba su principal defecto: una honestidad sin filtros, casi sádica. Fue de los primeros en leer voluntariamente una primera versión de este libro.

“Te voy a decir tres cosas”, agregó. “Falta un prólogo. Y, quizás, un epílogo. Pero un prólogo falta seguro. Creo que esto puede ser un libro, pero tenés que trabajar con alguien que te ayude. Y, por último, ese que te ayude no voy a ser yo. Pude haber sido, si hubieras traído este material al taller. Pero elegiste escribir sobre tonterías y perdiste tu oportunidad. Lo ofrecí, dije que podían traer textos sobre los que estuvieran trabajando, y no te animaste. Ahora elijo yo no trabajar con tus textos. Y hay un motivo. Pero no te lo voy a decir”.

Furioso, llegué a casa y me puse a trabajar en un prólogo, relacionado con mis motivaciones para escribir. “Ahora va a ver ese hijo de puta, la próxima clase llevo ésto y lo leo de prepo”. Pero a los días, la idea me pareció insuficiente. Ya tenía otra en mente, algo conectado con la historia del Titanic. Para cuando la tuve escrita, ya no asistía al Taller, no tenía con quién discutir qué versión del prólogo era mejor.

“¿Querías un prólogo? ¡Ahora tenés dos!”, ensayé para mis adentros una escena de reproche que jamás sucedería.

Sepan disculpar, entonces, lo inusual de dos prólogos.