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Algunos gases son capaces de elevar en el aire globos de gran tamaño y transportar gente. Otros generan combustión y pueden calefaccionar hogares o producir energía. Pero los más mundanos, los humanos, son capaces de destruir cualquier relación bien encaminada. Y es sobre estos últimos a los que me quiero referir.

Durante el primer año de vida Sebi tenía gases. Muchos. Y no querían salir. Estaban cómodos dentro de su aparato digestivo. Las consecuencias eran fuertes molestias estomacales, generalmente nocturnas, en el momento en que uno más sueño tenía. La sorda disputa es: ¿quién se levanta a atenderlo? Cuando la mujer de uno termina el día agotada después de lidiar con esta personita que se instaló en casa para demandarla full time, supone que el hombre, que tiene la suerte de salir a la vida a trabajar, vuelve fresco, dispuesto a hacerse cargo del niño.

Son esos momentos donde todo matrimonio se pone a prueba, la paciencia escasea, abunda el reclamo y el reproche, todos han perdido algo y es políticamente incorrecto culpar a un bebé de semejante cosa.

En mi caso, nunca hubo un abismo tan grande en mi pareja como en el primer año de Sebi. Yo no entendía el significado de tener un bebé e intentaba evadirme de toda responsabilidad posible. Con éxito, en muchos casos. Excepto en la intensa vida nocturna que desplegaba la familia por ese entonces. Es que en ese tire y afloje, nos repartíamos como podíamos una ingrata tarea: la de pasarnos partes importantes de la noche paseándolo y masajeando su panza para mitigar su malestar. Pese a patalear porque “mañana tengo que estar descansado en el trabajo”, nada podía hacer frente a la respuesta “¿te olvidás que yo también trabajo?”. Solo quedaba intentar unos tibios intríngulis argumentales, del tipo “son trabajos diferentes, yo necesito concentración, bla, bla, bla”. En fin, reconocer un pasado con miserias no diluye la responsabilidad, pero deja al descubierto cierta mejora con el paso del tiempo.

En mi rutina, recorría el living en forma repetitiva, hasta trazar surcos imaginarios en el piso de parquet en busca de algún alivio que se apiadara de todos nosotros. O, de lo contrario, que algún ángel descendiera en nuestro hogar y nos llevara a un mundo superior y placentero, donde dormir ocho horas fuera lo habitual. Un mundo sin gases ni ojeras.

Cuando mi cabeza estaba a punto de estallar, harto de escucharlo llorar sistemáticamente, y que mis paseos y masajes ya no surtan efecto, me salió desde el alma una expresión irracional y primitiva, en forma de grito intenso, seco, que resonó en la oscuridad de la noche:

“¡Callate hijo de remil puta!”.

Se produjo un silencio. Los dos nos miramos a la cara. El llanto cesó. Y dio paso a una expresión más relajada, casi sonriente. Ese instante duró una eternidad. Creí encontrar la fórmula de la felicidad mutua. Fueron dos o tres segundos maravillosos, tras los cuales retomó el llanto con una intensidad desconocida hasta el momento, nueva, más irritante, como de quien está dispuesto a dar una lección inolvidable de respeto a los indefensos.

Por suerte Marta estaba tan cansada que no se despertó ni fue testigo del debut y despedida de mi nuevo método anti-llanto.

Seguro por eso no entendió cuando, teniendo Sebi seis años y dejando escapar un gas en la mesa mientras comíamos, le dije “¡y ahora te lo venís a tirar!”. Extemporáneo, pero nacido desde las entrañas, como aquel grito en lo profundo de la noche.

Como siempre, aunque esta vez sin saber el motivo, Sebi rio a carcajadas.