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En sus últimas semanas Sebi perdía progresivamente el habla, así que en casa usaba una campanita para llamarnos cuando quería algo.

Al principio era una gran solución, una forma simple de saber que necesitaba ir al baño, tenía hambre, o estaba dolorido. Pero al poco tiempo, ya nos tenía hartos con su campanita.

Que sonaba una vez para que le traiga agua, que sonaba otra para que lo lleve al baño, y así hasta transformar el sonido de la dichosa campanita en la reencarnación misma de la esclavitud.

Estuviera haciendo mis necesidades o bañándome, comiendo o durmiendo, si sonaba la campanita había que estar allí.

Cuando Sebi ya no estuvo, la campanita pasó a ser un objeto decorativo en un estante.

Cada tanto suena, y yo voy corriendo a ver si es él que necesita algo. Pero no, es algún amigo de Sofía que se siente atraído por la magia de ese objeto al que es difícil resistirse.

Por las noches me duermo deseando que suene, aunque sea, una vez más.