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Camino por Hidalgo.

Desde hace 24 horas tengo la vista nublada de tanto llorar.

Ayer fue el entierro.

Sigo caminando por Hidalgo, rumbo al café Bonafide.

Darío, un amigo, me llamó para encontrarnos. Realmente necesito hablar. O caminar. O lo que sea. Y el café es mi lugar natural para estas cuestiones.

Mientras voy por Hidalgo, me pregunto qué pasaría si siguiera caminando. No una o dos cuadras más, sino seguir y seguir, por la misma calle, hasta el fin de las cosas. Seguir hasta que Hidalgo cambie de nombre y, después de caminar decenas de cuadras más, vuelva a cambiar. Y que se me gasten las zapatillas de tanto caminar, siempre derecho. Y después se me empiecen a gastar los pies, y el resto del cuerpo, hasta que no pueda más. Siempre derecho. Siempre por Hidalgo.

Al final, ¿podría encontrarme con él?