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¿Habrá algo peor que la muerte de un hijo?

Ni la propia muerte puede ser peor.

Después de todo, la muerte es… nada. La pienso en términos de placeres que dejaría de gozar, no de sufrimientos y angustias que se prolongan en el más allá.

¿Qué se puede parecer a esta opresión que uno siente en el pecho, esta herida siempre abierta que, a cada instante y sin remedio, se nos revuelve sin piedad, sin esperanzas de cicatrizar ni de, aunque sea, empeorar para terminar de una vez por todas con este tormento?

Cuando la tragedia te roza, cada día que pasa es un día más de olvido. Pero cuando te atraviesa, se repite cada día. Como la película “El día de la Marmota” en la que  Bill Murray se despierta todos los días en el mismo día. A mí Sebi se me muere todos los días desde el 17 de julio de 2008. No hay día que no se muera un poco más. Porque la fantasía, irracional pero inevitable, es que vuelva. Pero no que vuelva su recuerdo, ni que viva en sus valores de gran persona. Quiero que entre caminando por la puerta. Y cada día que pasa es una nueva muerte para esa ilusión. Aún así tengo derecho a mi propio pensamiento mágico, como otros lo tienen respecto a dioses omnipresentes, ángeles con alas, aguas que se abren al paso de pueblos elegidos y crucificados que resucitan.