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Gameboy, excelente nombre para un superhéroe de Marvel. “Niño-juego” encaja a la perfección en la descripción sintética que uno puede hacer de Sebi.

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Fue su objeto de deseo durante meses.

Al principio lo mencionaba como un imposible. Pero era una trampa cazabobos, donde el bobo vendría a ser yo. Comenzaba nombrándolo, describiéndolo, instalando el tema en la mesa familiar. Cuando querías acordarte, ya estábamos hablando de cómo pagarlo sin cuestionar la compra. Como la gota que orada la piedra, como Bart y Lisa con “llévame a Monte Splash”, Sebi iba por lo suyo con la seguridad de que no había razón en el mundo que le impidiera alcanzar sus objetivos. En este caso era un simple dispositivo de juegos con un precio poco acorde al presupuesto familiar del momento. Sin margen para salir del lugar de malo de la película, propuse una salida elegante consistente en comprarlo usado: no hubo objeción.

¿Qué era el Gameboy? Una consola de juegos portátil de Nintendo, antecesora de tantas otras como hoy la Playstation. Primero salió en una versión bastante rústica y, después, mejoró pasando a llamarse Gameboy Color, que es la que finalmente se compró Sebi. Los juegos se cargaban en cartuchos difíciles de conseguir, un producto preciado del mercado negro del Parque Rivadavia.

Pero algo tan sencillo, equivalente hoy a tener un celular con juegos, trajo polémicas que solo el tiempo pudo despejar.

“No”, era mi respuesta inicial a casi todos los pedidos, para después pasar a reflexionar sobre la validez de los mismos. “No podés llevarlo al colegio, se te puede romper, perder, lo vas a tener que prestar, recién lo compraste, disfrutalo en casa primero”, dije casi por decir, repitiendo un mandato inútil y oxidado que las personas traemos grabado en nuestros genes paternos.

Ese “no” como respuesta inicial solo se sostenía en un porcentaje pequeño de oportunidades. No viene al caso hacer un análisis minucioso del principio de autoridad en mi casa, solo diremos que esta fue una de las circunstancias donde me vi obligado a rever mi posición. Era evidente que Sebi siempre tuvo en mente tener un Gameboy para llevarlo a la escuela.

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Con el paso del tiempo me permito dudar de la imagen de alumno que tenía de Sebi por entonces, pero ese momento no es este y nuestra preocupación por su rendimiento escolar era permanente. La concentración no era uno de sus puntos fuertes, y la idea de llevar un elemento distractivo no parecía una de las buenas. No obstante esto, cedimos; y el Gameboy consiguió su primera funda para viajar al espacio exterior.

La primera semana en la que incursionó en el grado con su novedad finalizó con una reunión con la maestra en la que nos transmitió sus inquietudes. “Sebi estuvo trayendo un aparato a la escuela. Él de por sí ya es un chico que no participa mucho de los juegos colectivos o deportivos, prefiriendo las actividades más solitarias como la lectura o los juegos de cartas. Creo que no es buena idea que traiga un dispositivo que es individual y lo aísla aún más del entorno. Sería mejor despojarlo de aquello que le sirve de excusa para no interactuar”, dijo más o menos la maestra, y no pudimos menos que coincidir.

Se lo planteamos a Sebi pero dejándolo librado a su decisión: nos parecía un tanto cruel impedirle exhibir ante sus pares algo que para él, aparentemente, era más que un juego: sentíamos que ese Gameboy lo posicionaba, le deba identidad, un perfil determinado que estaba intentando construir con sus propias herramientas e ideas, que no eran ni las nuestras ni las del colegio.

Por supuesto que puesto a elegir, Sebi siguió llevando el Gameboy al colegio, cada día, religiosamente.

Parece que aquella visión de aislamiento que le pronosticaban, casi como si el juego lo llevara directo al autismo por un camino sin retorno, no sólo no fue tal, sino todo lo contrario. Sebi y su Gameboy se convirtieron en un centro de atracción en los recreos, a tal punto que la maestra los retaba porque no hacían caso al timbre que los convocaba a volver a las aulas. Hasta formaron el “Club del Gameboy”, integrado por varios chicos y un solo Gameboy, el de Sebi. Comenzó a ser apreciado por su condición de portavoz de un nuevo entretenimiento (como luego sería de otros), buscado e invitado por sus compañeros interesados, primero en el objeto, sí, pero también en la impronta que Sebi le ponía con sus explicaciones técnicas.

Finalmente, marginación mutó por integración, y los que creíamos saber de todo, no sabíamos de nada. La maestra nos contaba sorprendida cómo de un objeto individual se había generado un hecho colectivo. Hasta me quedó flotando la sospecha de que nunca aspiró a tener ese juego por una necesidad lúdica, sino con la idea de convertirlo en la carta que lo hiciera avanzar varios casilleros de un saque en ese tablero donde todos intentamos ocupar un lugar digno, y en el que se sentía rezagado.

El Gameboy tuvo un ciclo breve: sólo unos meses de gloria, yendo y viniendo en bolsillos de camperas y mochilas, pasando de mano en mano, para luego quedar en el olvido, postergado por otras modernidades.

Cada noche paso por el cuarto de juegos y lo veo apagado, solo en una repisa, esperando que su único dueño lo vuelva a hacer jugar.