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Una sola palabra representa la negación de Sebi para el deporte: fútbol.

No entendía el juego, ni sus reglas ni el aspecto emocional y, lo que era más ofensivo aún, no le importaba en absoluto.

Ir a patear una pelota era la actividad 77 de una lista de 77 actividades posibles.

Los domingos de fútbol, un día como cualquier otro. Nunca registró la lógica por la cual ciertas personas enloquecían por jugadas, resultados, camisetas y otros asuntos tan ajenos a la realidad de cada uno de esos seres.

No estaba dentro de la “lógica sebastiana” tanto alboroto por sucesos donde el goce está en otros.

En los mundiales su foco estaba puesto en las promociones y publicidades que salían ad hoc, el marketing era un mundo que lo apasionaba. Eso sí, daba lo mismo que el mundial fuera de fútbol o de pato.

En síntesis, ese mundo le era ajeno. No le interesaba verlo, entenderlo ni practicarlo.

Y así fue hasta principios de 2007.

Ese año, con las dificultad a cuestas que representaba dos operaciones por cálculos renales (diciembre de 2006 y abril de 2007), decidió comenzar a ir a una Escuela de Fútbol en el Club First de la que le había hablado su mejor amigo, Fede.

No era una escuela cualquiera.

Era una especie de “Escuela de fútbol para chicos que juegan más o menos y que no serán aceptados de buena gana en otras escuelas de fútbol”.

El rango de edad era variado. Solo se permitían unos pocos talentosos, pero debían ser pequeños de edad y tamaño, de forma tal que compensen al resto.

Aun a estos pequeños más hábiles de alrededor de 6 años les costaba dar crédito a lo que sus ojos veían: un ejército de chicos vagando por la cancha sin demasiado sentido táctico, encontrando el placer en correr y descargar energías ante la controlada desesperación del profe y la no tan controlada de los pocos jugadores entendidos.

El arco no parecía ser un objetivo que tuviera alguna diferencia con la pared o la cara misma del entrenador. Y, una vez detectado el arco como un objeto de cierta relevancia para la práctica del juego, lo mismo daba si era propio o ajeno.

Pero lo verdaderamente importante para mí, es que ese año eligió ir a la escuelita de fútbol.

Sin presiones, sin sugerencias.

Los sábados por la mañana adquirimos la rutina de ir al complejo y practicar con esa banda de anarquistas, que encontraban la felicidad en la provocación de cambiar los paradigmas del juego a cada instante.

Y me miraba desde el centro de la cancha hacia el costado, donde estábamos los padres.

No buscaba aprobación. No buscaba un aliento. No buscaba indicaciones.

Me dedicaba esa carita de “¿te gusta lo que te regalé este año?”. Y yo era feliz.

Porque, ¿qué es lo que un hijo como Sebi no estaba dispuesto a hacer por ver sonreír a su papá?