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Hace algunos pocos muchos años, festejábamos el último cumpleaños de Sebi. El número 11.

Parecía haber pasado un siglo desde aquel de los diez años, celebrado junto a sus amigas Juli y Anto, tan pleno de felicidad.

No sospechaba que sería el último. De saberlo, habría hecho todo diferente. Pequé de un optimismo excesivo, pero quienes nos rodeaban en esa época pueden atestiguar que la fuente de tanta esperanza era el propio Sebi y su energía inagotable.

La mañana empezó con una difícil misión: ir a comprar un jean, porque todos le quedaban ajustados después de varias semanas de corticoides. No teníamos mucho para recorrer: Marti conocía nuestras limitaciones y nos mandó con rumbo fijo a un pequeño local en la galería de Acoyte y Rivadavia, donde ya había averiguado disponibilidad de talle. Llegamos y nos mostraron 3 o 4 modelos. Sebi eligió uno, y nos fuimos al probador. Fue allí donde se dio una situación compleja: era un pequeño cubículo de durlock, frágil, tambaleante. Teníamos que entrar los dos, porque a Sebi le costaba sacarse y ponerse los pantalones, y allí estaba yo para darle una mano. Entramos como pudimos. Cuando empezó a cambiarse, apenas nos podíamos mover, golpeando permanentemente las paredes. Supongo que desde afuera parecía que estábamos librando una lucha dentro del probador. “¿Está todo bien?” preguntó la vendedora. “Sí, no te preocupes”, mentí, mientras Sebi empezaba a matarse de risa y a exagerar sus movimientos, creo, con la firme intención de derribar las paredes del probador. Pero el durlock resistió, y salimos ambos por la pequeña puerta, todos colorados, en busca de la aprobación de la vendedora. “¿Te parece que le queda bien?”, pregunté, porque creo que ningún hombre está en condiciones de tomar decisiones serias sobre la compra de ropa. “Sí, de cintura perfecto, de largo le tendrán que hacer un ruedo.”, respondió con evidentes ganas de que nos fuéramos antes de que nos probáramos otra prenda. Sacarse el pantalón nuevo y ponerse el que traía resultó una tarea tan titánica como la anterior, pero salimos triunfadores y sonrientes, del vestidor primero, y del local después.

El día continuaba en el cine con los compañeros del colegio. Nos encontramos en el hall de entrada del Village de Caballito: allí estaban su mejor amigo, Federico; Manuel, que tanta compañía le estaba haciendo esos meses; Juan Martín, su socio del taller de carpintería, y otros.

Mientras subíamos la escalera mecánica un grupo de adolescentes que venía detrás nuestro empezó a reírse del aspecto de Sebi. No tenían por qué saber que esa pelada, de corte tan extraño, y el aspecto regordete que le daba la medicación, lo transformaban en una persona que no era. “¡Él no es así, pronto va a volver a ser el de antes!” quería gritarles. Pero no. No se trataba de mí, se trataba de él. “¿Te molesta que te carguen?” pregunté. “No, me molestaría si me cargan mis amigos, pero a ellos no los conozco ni los voy a ver más”, me dijo con una sensatez que aún hoy me excede.

La película, Jumper, olvidable, resultó una excusa para celebrar el día. De los 90 minutos, 45 estuvieron dedicados a mirar y 45 a tirar pochoclo a diversos blancos seleccionados con la misma crueldad que la de los chicos de la escalera mecánica.

Después, fuimos al patio de comidas donde se dividieron estratégicamente para complicarme las cosas, haciéndome pasar por varios locales: algunos querían hamburguesas, otros pizza, y no faltó quien pidió un sandwich gourmet.

Mientras hacía la cola para comprar pizza, habiendo ya dejado las hamburguesas en la mesa, escuché los gritos de un señor enojado. Como tengo teorías sobre la curiosidad, no me di vuelta de inmediato. Pero como el resto de mis compañeros de fila sí lo hacía, me resultó inevitable. El señor calvo y gritón estaba parado justo frente a la mesa de los chicos, a los que les reclamaba airadamente. Me acerqué, vi que tenía su camisa manchada con ketchup y entendí todo: el juego del momento era dar golpes en los sobres de aderezos hasta hacerlos explotar y ver para dónde salía su contenido, en este caso, la humanidad del vecino de pocas pulgas. Pedí mil disculpas, me ofrecí a cosas ridículas como hacerme cargo del lavado de la prenda. El señor se tranquilizó un poco y, por suerte, rechazó mis ofrecimientos de incomprobable cumplimiento.

Miré a los chicos con furia y les dije: “¡No los puedo dejar un minuto! ¡Tienen 11 años!, ¿quién fue el vivo que empezó con esto?”

Todos empezaron a reírse, señalando al autor del disparo letal: “¡Sebi!”

A la noche recibimos a la familia en una reunión sin estridencias y con chocotorta: después de todo, para nosotros ese era un cumpleaños provisorio, la verdadera fiesta llegaría cuando Sebi se recuperara. No sé, un baile o algo así, ya le interesaban esos asuntos.

Pero no. Lo provisorio se convirtió en definitivo una vez más.

Y así fue su último cumpleaños.

Y así lo recuerdo: con una sonrisa cómplice.