Dos libros

“Plantado en sus patas traseras, usó de pala las delanteras.
Hasta que algo duro halló y con fuerza tiró.
Pero cuando los ojos abrió, adiviná qué vio.
No se trataba del hueso que cierto día enterró”.

Todavía resuena en mi cabeza ese párrafo.

Cuando paro en un semáforo o me tomo un café en el escritorio de mi oficina, distraído, repito para mis adentros o en voz muy baja: “Plantado en sus patas traseras, usó de pala las delanteras…” Por algún motivo uno retiene cierta información, datos, cifras, cuestiones inútiles que a esta altura de la vida ocupan parte de un espacio cada vez más escaso en ese lugar llamado memoria.

Cada año que pasa, cada 17 de julio, fecha en que Sebi murió, siento más mutilado mi derecho a verlo crecer. Tengo que conformarme con recuerdos. Insuficientes, pequeños y, hasta cierto punto, incomprobables. Pero no estoy en condiciones de elegir, y a eso que me aferro, tratando de tener una parte de Sebi cada día a fuerza de historias redactadas en tiempo pasado.

Me cuesta perdonarme no haber compartido con él todo el tiempo que se merecía. Todo el tiempo que nos merecíamos. Entre tanto reproche, se me cuelan historias. Rescato situaciones, y termino entendiendo que fueron muchas más de las que supongo, y que tienen más magia de la que les adjudiqué en su momento.

Reviso su biblioteca y en cada libro aparece un puñado de lecturas compartidas. Dos de esas me marcaron: una fue “Peli Pelícano y su Picazo” y la otra “Sabueso perdió su hueso”. Trato de entender por qué esos dos libros significan más que el resto. Podrían haber sido otros, algunos más actuales, de esa época en que disfrutamos en forma compartida la pasión por lo fantástico. Pero no. Una y otra vez se instalan en mi cabeza los párrafos de esas lecturas.

“Peli Pelícano” es un libro pequeño que tiene un pico de plástico en la parte superior para abrir y cerrar, lo que hacían –primero Sebi y después Sofía– cada vez que en el texto se leía “¡Chic! ¡Chac!, ¡Chic! ¡Chac!”. El Pelícano en cuestión sentía que el pico que tenía que portar no era de su agrado, deseaba tener uno más chico. Pero a lo largo de sus escasas páginas, el libro va develando que, lo que suponía una deformidad, lejos de ser una desventaja lo transformaba en un héroe para sus pares. “Dos leoncitos juegan cerca de una fogata. Pero de pronto se levanta viento. ‘¡Ayuda!’ gritan, ‘¡se incendió el pasto!’” “¡Chic! ¡Chac!, ¡Chic! ¡Chac!”, grita Sebi varias veces, mientras abre y cierra el pico articulado del libro. “No se asusten” dice Peli, mientras llena de agua su pico y apaga el fuego. “¡Hurra por el pico de Peli! todos lo felicitan. Y Peli se pone muy contento.” Sebi también.

En cambio “Sabueso” era un perro torpe que no recordaba dónde había enterrado su hueso. En la búsqueda se topa con objetos de lo más inverosímiles, desde un zapato hasta un subte, para finalizar con el esqueleto de un dinosaurio por el que le dan una suma importante de dinero, que él destina a agasajar a sus perros amigos. El punto es que ante cada búsqueda, leíamos el mismo estribillo, que Sebi repetía hasta el infinito: “Plantado en sus patas traseras, usó de pala las delanteras…”. Aunque pasaran años de aquellas lecturas, cuando alguno de los dos empezaba el párrafo, lo terminábamos repitiendo a dúo:

“…hasta que algo duro halló y con fuerza tiró…”.

Escribiendo esto descubro que no se trataba de leer, ni de iniciarlo en el mundo de la lectura, ni de despertar en él la pasión por los libros: el asunto era construir momentos compartidos. Eso que permite que ahora se transformen en recuerdos, y no hayan pasado al olvido por ser simple transcurrir de los días.

Ahora lo sé.

Estos dos libros fueron protagonistas involuntarios de esas ráfagas de felicidad que uno recuerda con una sonrisa. La misma con la que me sorprendo mientras voy por la calle murmurando “¡Chic! ¡Chac!, ¡Chic! ¡Chac!” como un idiota.