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Los padres esperamos que nuestros hijos se inicien en la palabra con un “mamá”, un “papá”, a lo sumo un “má”, “pá”, o algún balbuceo parecido que nos permita interpretar que estamos escuchando lo que queremos. Claramente no fue el caso de Sebi.

Todas las etapas madurativas le llegaban más tarde de lo que indicaban los libros, y lo mismo sucedió con el habla. Y, como en muchas otras situaciones, creando sus propias reglas que terminaban siendo adoptadas por el resto.

“¿Sebi, que querés comer?”, “Ploples”, decía muy suelto de cuerpo. Tardamos meses en entender que los ploples eran ravioles. Años después, y ya Sebi hablando perfectamente, en casa aún se decía “hoy comemos ploples”. O “chicos, ¿quieren ir a comer a plin plin?”, refiriéndonos a Mc Donalds con la terminología que habíamos tomado de él.

En esa nueva lengua que día a día intentábamos decodificar, apareció la palabra “coco”. Coco duró muchos años, desde las primeras palabras hasta el vocabulario un poco más articulado, y en su existencia vivió incontables aventuras.

Las primeras menciones a “coco” eran indescifrables. Podía aparecer en cualquier momento o situación. “A ver, Sebi, una cucharadita más”, insistíamos queriendo cumplir el imposible de engordarlo. “Ñegufreds frigs coco”, respondía señalando con el brazo un lugar alejado a su silla de comer. Y así coco iba apareciendo en gran parte de sus frases. “Vení que te cambio el pañal”, le decíamos, a lo que respondía “ñaniesi coco”, que empezamos a entender que claramente quería decir: “después, ahora estoy con coco”. Alguien lo sugirió y la confirmación se hizo evidente: coco era una especie de amigo invisible, alguien con quien Sebi fantaseaba, compañero de juegos, copiloto de sus autitos, el que lo defendía de sus padres si le querían dar de comer más de lo necesario, o cambiar el pañal cuando estaba ocupado en temas importantes.

Los meses pasaron y Coco, lejos de desaparecer, se instaló definitivamente con nosotros.

Las palabras empezaban a fluir y su existencia se hacía más evidente e inquietante para los grandes que no entendemos de estas cosas.

“¡Sebi, vení un minuto a la pieza así te cambio!” “¡No pedo, toy con Coco!”

Coco en casa ya era un ser omnipresente.

A nosotros la intriga nos tenía mal. Coco era un asunto de estado familiar: padres, tíos, primos, abuelos, queríamos precisiones respecto de Coco. Fue así que lentamente comenzamos a interrogarlo, primero en forma suave y después con más insistencia. “Sebi, ¿quién es Coco?” Su primera respuesta fue el silencio. Pero no un silencio cualquiera, un silencio que ignoraba la existencia del otro. Acaso el origen de una técnica que usaría en muchos momentos de su vida: si no le gustaba lo que tenía que responder, la pregunta y el interlocutor dejaban de existir. Seguía con sus actividades como si nada hubiera pasado. “¿Es un amigo del jardín?”, “¿Es un amigo solo para vos?”.

“Coco e amigo mío”, confesó sin más precisiones, para luego llamarse a silencio como quien acaba de delatar a un compañero.

Consultamos y viendo que era normal que en ciertas edades los chicos tuvieran amigos invisibles, nos dimos por satisfechos con nuestra investigación y dejamos a Sebi y a Coco en paz.

Pero como nada es para siempre, Coco tampoco. O sí.

Poco tiempo después de blanquearse que era un amigo no disponible para el mundo de los adultos, Coco pasó a llamarse “Coque”.

“¿Sebi, que querés de regalo para navidad?” “No té, le voy a pdeguntá a Coque”. “¿Vamos a tomar la leche?” “Tí, Coque quiede también”, y así sucesivamente.

De a poco, Coque fue apareciendo cada vez menos, y en situaciones menos imaginarias.

Un fin de semana largo del año 2000, recibimos la visita de Jorge, el hermano de Marta, con su esposa Laura y los chicos, Lucas y Daniela.

Estábamos todos sentados a la mesa cuando Sebi le dice a mi cuñado: “¿Me terví coca, Tío Coque?” Fue imposible no asociar el Coque imaginario al “Tío Coque” que Sebi acababa de pronunciar.

“¿Cómo le dijiste al Tío?”

“Coque, el tío e mi amigo Coque”, dijo en la mesa.

Y el Tío Jorge, en ese momento, unió definitivamente su corazón al de Sebi.