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Cuando el kiosco de mala muerte de la esquina de casa cerró, toda la expectativa de Sebi estaba puesta en qué tipo de negocio lo iba a reemplazar.

No es que le representara gran cosa, pero era el camino más corto a una golosina que conocía hasta ese momento, y eso, en la vida de un chico de 8 años, sí que tiene valor.

Durante meses el local estuvo cerrado con un cartel de alquiler, pero siempre que pasábamos por la esquina se asomaba entre los fierros de la cortina metálica para ver si había movimiento, algún traslado de muebles, algo que anunciara un cambio inminente.

Cuando ya el aspecto de abandono y suciedad se habían transformado en una rutina para la vista, un buen día nos sorprendimos con los vidrios del local forrados con hojas de diarios viejos. Ni siquiera tan viejos como para que despierten alguna curiosidad por sus noticias pasadas de moda. Íbamos camino a natación, y se le pusieron en estado de alerta todos los sentidos al ver que “algo viene a la esquina de mi casa”. Vaya uno a saber qué fantasía habrá tenido. Era el negocio más cercano y tenía que ser bueno.

Los primeros días pasaron sin que nada cambiara. Y unas semanas después, las puntas de dos escaleras se dejaban ver por encima de los papeles de diario, dándonos a entender que se estaban haciendo refacciones. Pero de gente, nada.

Sebi tenía una gran avidez por entender el porqué de todas las cosas, y hacía desde las preguntas más profundas hasta las más superficiales. Quizás, cómo se armaba un negocio era para él, en ese momento, como entender el origen del planeta o algo así. Como siempre, todos nos subimos a la inquietud de Sebi y el negocio de la esquina pasó a ser una cuestión de estado familiar.

Con el correr de los días los diarios se empezaron a rasgar, dejando ver entre sus roturas la obra. Paredes pintadas, una mesada, un cuarto cerrado… no alcanzaban esos datos para darse una idea.

En el momento menos pensado, mientras espiábamos tapándonos la resolana con las manos en forma de cuenco, la puerta se abrió y salió una persona. Bah, no salió, porque Sebi no se movió de la puerta, dando a entender que tantos días de espera y ansiedad bien merecían una visita guiada a las instalaciones. Más adentro del local que afuera, llegó la pregunta que develaría tanto misterio: “¿Qué negocio van a poner?”. La respuesta fue una única palabra. Pero no era cualquier palabra, era la que Sebi más hubiera deseado escuchar, la primera en un listado de mil: “heladería”.

La cara de felicidad era incomparable.

A partir de ese momento, pasar por la futura heladería se transformó en una práctica de varias veces al día. Y los 2 socios que estaban armando el negocio, pasaron a ser inmediatamente sus “amigos”. “Mis amigos de la heladería”, decía permanentemente. “Pasemos a ver a mis amigos de la heladería, a ver cómo van con las heladeras”. “Quiero ver a mis amigos a ver si ya pusieron el cartel”. Y así hasta el infinito. Lo más curioso es que sus dos “amigos”, eran realmente sus amigos. Compartían diálogos extensos, explicaciones sobre la elaboración, el transporte y la conservación de los helados, los consultaba sobre situaciones críticas como: “¿y si se le acaban los espacios para poner gustos en el cartel qué van a hacer con los gustos nuevos?”.

Un viernes de primavera se iba a inaugurar la heladería: ese era un día muy importante para Sebi, se sentía parte de esta historia. Se regalaría helado a todos los vecinos que asistieran al evento y, como se sabe, el helado gratis es mucho más rico que el pago.

Unos días antes, le dijeron lo que todo ser humano desearía escuchar de un heladero: “vos vas a ser nuestro cliente número 1”. “Cuando llames por teléfono, no necesitás decir tu nombre, solo tenés que decir que habla el cliente número 1”.

Sebi se sentía pleno. Lograba tejer esos vínculos sólidos con el mundo de los adultos, era agradecido, prestaba atención a las explicaciones de un heladero, diariero o verdulero con más concentración que cuando la maestra le enseñaba a escribir en cursiva. Sabía reconocer lo que realmente era importante.

Antes de enfrentar la ira descontrolada de una niñita de 4 años, le comunicaron a Sofía que iba a ser el cliente número 2. Así lograron remontar un poco la cuestión con ella, que al igual que nosotros, había sostenido en forma presencial todo este ir y venir.

El día de la inauguración Sebi se descompuso, estaba con vómitos. El resto de la familia, en forma solidaria, se privó de asistir al reparto público y gratuito de helados. Otros vecinos menos considerados se arremolinaron en la esquina para llevarse lo que por derecho no les correspondía.

Un par de días después tuvimos revancha: Sebi, Sofía y nosotros recibimos nuestros helados, y surgió una hermosa amistad con los heladeros, sostenida por la presencia mágica del cliente número 1.