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Sebi era bueno para muchas cosas. Definitivamente no para los deportes.

Su motricidad no era de lo mejor y tampoco le calzaban demasiado las reglas, así que, rápidamente, supimos que no salvaríamos nuestras economías con un hijo deportista.

En agosto de 2006, la escuela organizó, como todos los años, unas competencias de atletismo en el polideportivo donde los chicos asistían una vez por semana. Sebi estaba en cuarto grado y era notoriamente más bajo y de menor contextura que el resto de sus compañeros, lo que le sumaba una desventaja adicional a la hora de competir desde lo físico.

Yo iba dispuesto, más que nada, a acompañarlo en ese momento y atender sus posibles frustraciones (aunque siempre aparentaba no interesarle ni la competencia ni los premios). Y a vivir mi propia frustración también porque, para qué negarlo, uno quisiera ver a sus hijos primeros en todo o, por lo menos, no siempre últimos.

Las primeras competencias no fueron muy felices: lanzamiento de bala y de jabalina. Sebi no lograba salir del lanzamiento nulo, es decir, la jabalina no se clavaba y la bala no recorría la distancia mínima para ser medida. Yo, desde la tribuna, en forma inconsciente, emulaba los movimientos de sus lanzamientos, como queriendo transmitirle fuerzas, y dándole varios codazos al padre que tenía a mi lado. No había problemas, a todos les pasaba lo mismo.

Personalmente no me afectaba mucho el hecho de que no se destacara en atletismo, después de todo, yo fui bastante malo en mi infancia en ese tipo de actividades y no había proyecciones fallidas en ese terreno. Sí deseaba que juegue al fútbol, que era la pasión por la cual estaba dispuesto a acompañarlo a todos lados, incluso, desde antes de que naciera. Pero nunca le interesó. Aun así, durante un año entero -2007- concurrió a una clase semanal de una especie de “fútbol para chicos que no entiende mucho el fútbol” que daban en el club donde hacía natación. Y ahí era feliz, corriendo sin ton ni son, al igual que el resto de los chicos, ante un profesor desesperado por encauzar tanta anarquía. Aunque estaba claro que, en cierta medida, lo hacía por mí.

Volviendo a la competencia, las siguientes pruebas fueron de salto en alto y largo -de las que no participó- y, finalmente, correr.

En las pruebas de velocidad Sebi estaba anotado en carrera de postas. Se sortearon los turnos y le tocó ser el último de su equipo de cuatro, por lo que iba a ser el que llegue a la meta. Yo pensé que le podría haber tocado en el medio, así pasaba desapercibido su desempeño, pero no: más exposición imposible.

Sus compañeros de equipo eran buenos corredores, eso lo tenía que ayudar.

Se largó la carrera y los cuatro primeros corredores salieron con todo. Sus tres respectivos relevos los esperaban, cada uno, a 100 metros del otro. Sebi estaba parado, super concentrado, a 100 metros de la llegada.

A la primera posta llegaron todos muy parejos, casi primero el compañero de equipo de Sebi. Para la segunda posta, nuestro equipo y otro sacaron una pequeña diferencia al resto. Yo esperaba, deseaba, que no fuera por Sebi que su equipo perdiera. Pero como venían las cosas, parecía que su intervención iba a ser decisiva.

Luego de la tercera posta esa diferencia se acentuó: dos equipos quedaban en carrera, bastante separados del resto. Yo lo miraba a Sebi, lo notaba compenetrado y atento a lo que tenía que hacer. Cuando giran en la esquina de la cancha de fútbol donde se desarrollaba la competencia, el corredor del equipo rival se resbala por un instante y el compañero de Sebi se le adelanta un par de metros. Justo en ese momento le pasa la posta.

Jamás lo vi correr así.

Yo estaba de frente, así que le veía el esfuerzo en su cara, y sus pelos volando hacia atrás.

Corrió, corrió y corrió. Como nunca lo había hecho. Su rival de la última posta corría un poco más rápido, pero no tenía la misma convicción ni la misma necesidad. Ya tenía otras medallas. De repente, cuando faltaban unos 15 metros, trastabilló. Todos en la tribuna exclamaron un “¡uh!” de preocupación porque, en ese momento, todos querían que Sebi llegara primero. Por suerte no se cayó, y el tropiezo le sirvió de envión final para llegar más rápidamente a la meta.

A mí se me llenaron los ojos de lágrimas por verlo tan feliz. Al final, no era que le daba tanto lo mismo. En la entrega de premios fui a colgarle del pecho, más erguido que nunca, la medalla. “Su” medalla. Otros lucían cuatro, cinco o más, de varios podios, pero la de él valía por mil. Caminó desde la cancha hasta el micro con una sonrisa gigante, un poco más grande de la que mostraba siempre. Porque Sebi sonreía siempre. Posó para todas las cámaras de los padres presentes y me despidió, para cerrar la jornada, junto a sus compañeros, como un par.

Por supuesto, esa noche, vomitó. Había que hacer lugar para tanta alegría. Ni el vómito le pudo desdibujar esa sonrisa enorme en su carita feliz.