julio 16, 2013 | En: Libros e historias

Un nombre

Sábado al mediodía, invierno de 1996.

Nos bajamos del colectivo 135 en la parada de Alvarez Jonte y Benito Juárez y caminamos cuatro cuadras hasta la casa de mis viejos. En esas cuatro cuadras, sin saberlo, tomamos decisiones importantes.

Llevábamos con Marta año y medio de casados, éramos una pareja aún lejos de ser familia, aunque la idea ya merodeaba. Ella tenía una visión muy idealizada de su futura maternidad, la presentaba como una especie de trámite sencillo que no acarrearía demasiadas complicaciones ni alteraciones en las actividades que desarrollábamos. Como decía Ricardo, el imprentero que me alojaba cuando hacía mis primeras armas como diseñador, “un hijo son $30 más en la cuenta del supermercado”. Yo me resistía a tanto simplismo, pero cuando extendía su explicación no sonaba mal: “¿vos le vas a dar la teta? No. ¿Vos lo vas a cambiar? No. ¿Vos te vas a levantar a la noche si llora? No. Eso sí, cuando vas al supermercado, manoteás un par de paquetes de pañales, unas leches maternizadas, un frasco de óleo calcáreo. Ahí tenés los 30 pesos”.

Yo intentaba estirar los plazos, presentar el lado dificultoso de la cuestión, encontrar los mil y un inconvenientes. Pero en aquellas cuatro cuadras, mis propios argumentos mostraron su flaqueza.

“No es tan fácil como decís, ¿sabés el quilombo en el que se transforma una casa?”, insistí.

“¿Y vos como te imaginas ese quilombo?”, me desafió.

“Por ejemplo: vos estás estudiando, y de repente tenés alrededor a dos chicos a los gritos, diciendo ‘¡Mamá, Mamá, Sebastián me está molestando!’, y vos teniendo que interrumpir todo para reprenderlos: ‘¡Sebastián, dejá de molestar a tu hermana!’.

Lo que quise describir como un infierno, me pareció exactamente el lugar donde quería vivir.

“¿Así que se va a llamar Sebastián?”, empezó a resolver Marta.

“Tal vez, veremos más adelante”.

Un año después, nació Sebastián.

Sebastián Grinberg

enero 24, 2013 | En: Libros e historias

Edna Krabappel

La casa de Otamendi al 300

En 2007 Sebi cursaba 5º grado y el inglés estaba lejos de ser su fuerte. Le costaba enganchar con el idioma. Aunque años anteriores había tenido una maestra particular, Alejandra, que lo había ayudado mucho, estaba de nuevo a la deriva y ni Marta ni yo podíamos ayudarlo.
Como Alejandra no tenía horarios disponibles, nos pusimos en campaña para buscar otra maestra particular.

Utilizando un criterio con el que ya había fracasado en otras oportunidades, impuse mi idea de buscar alguien cercano a nuestra casa, que resulte fácil llevarlo e irlo a buscar. “No puede ser que dentro de las 5 ó 10 manzanas alrededor de donde vivimos no haya ni una profesora de inglés: es cuestión de buscar” dije, sabiendo que cualquier barbaridad dicha con convicción y seriedad puede ser considerada. Y no se me ocurrió mejor idea que buscar por internet.
“Inglés, profesora, particular, Caballito, Almagro, niños…” Fuimos acotando la búsqueda. Solo me faltaba poner “retiro y entrega a domicilio”. Quizás lo hice y no me acuerdo, mi memoria es buena compañera y me devuelve una versión mejorada de mi.

“Mirá ésta, en Otamendi al 300… es en la esquina de Bogotá, a media cuadra de Villamayor, nos queda bastante bien”, comenté tanteando el ambiente. “Pero no sabemos ni quien es, no tenemos referencias, si es buena enseñando, ¡ni siquiera sabemos si es profesora!”, me dijo Marta con el más elemental sentido común. “Puede ser, pero con ir una vez y ver de qué se trata no perdemos nada”, dije casi en línea con la frase que más odio en el mundo, esa que dice “el no ya lo tenés”.
Llamamos por teléfono y concertamos una entrevista para la semana siguiente. Por su voz, ronca y gastada, intentamos trazar un perfil de quien sería maestra de inglés de Sebi por varios meses.
La realidad nos devolvería un personaje imposible de imaginar.
___

Llegamos a la casa de la esquina de Otamendi y Bogotá. Nada de departamento, unidad, mucho menos piso. La puerta de la ochava era la dirección anotada en un papelito: “Otamendi 299”. Una casa antigua, de dos plantas, persianas metálicas con varias capas de pintura, cerramientos gastados y con su frente de cemento ennegrecido por el paso del tiempo e intervenido por frustrados artistas callejeros que no hicieron más que profundizar la sensación de abandono.

“Estamos a tiempo de no tocar ese timbre”, dijo Marta poniendo en palabras mi propio pensamiento. Yo no quería dar el brazo a torcer: mi intención era demostrar que no necesitábamos la recomendación de nadie, que podíamos encontrar nuestra propia maestra de inglés particular. Sebi permanecía ajeno a nuestras vicisitudes, y se entregaba manso a lo que decidieramos. Su momento de opinar aún no había llegado. “No, ya llegamos hasta acá, entremos y veamos que onda” dije, y le pedí a Sebi que aprete el botón blanco de baquelita de un timbre que atrasaba 40 años.

Por la puerta de hierro forjado con hojas de vidrio transparente vimos acercarse -en penumbras- la silueta de una mujer corpulenta y canosa, de edad indefinida pero nunca menos de 65, levemente encorvada, portando un vestido floreado con cientos -¿miles? ¿millones?- de lavados, un saquito de lana, chancletas y un cigarrillo en la boca. “Pasen”, invitó, como quien no tiene necesidad de preguntar más, como si la lista de entrevistas de esa semana se redujeran a una: la nuestra. Atravesamos el zaguán, otro ambiente indefinido que podríamos denominar living-depósito, ambos repletos de muebles y objetos provenientes de tiempos tal vez mejores pero seguro lejanos, hasta llegar a su estudio, un ambiente grande con ventana a la calle Bogotá.

No había asientos para 3, así que me quedé parado mientras Sebi y Marta se acomodaban en unos sillones un tanto destartalados que en sus laterales dejaban ver los resortes oxidados. La escasa iluminación aportada por una única lamparita de 40 watts en una araña con mayoría de lámparas ausentes o quemadas, disimulaba poco la suciedad y el descuido. En el escritorio, de madera, amplio y antiguo, pero de esa antigüedad que no transmite valor sino abandono, se apilaban decenas de libros viejos, muchos arriba de una impresora multifunción evidentemente en desuso y, arriba de la pila, coronando la torre, un cenicero lleno de colillas de cigarrillos. Arrumbado debajo de la ventana dormía plácidamente un gato blanco con manchas marrones y claras señales de sobrepeso. En el transcurso de la charla aparecieron un par más, de aspecto variado. Costaba determinar la cantidad total de gatos que habitaban la casa: iban y venían a discreción, mostrándonos con claridad quién mandaba allí.

“¿Y, qué pasa con este alumno?” preguntó la dueña de casa antes de dar una profunda pitada. Le comentamos la situación en el colegio, le mostramos exámenes y libros escolares, le dimos un pantallazo general con la convicción de estar ensayando ante la próxima maestra particular, a la que buscaríamos con más seriedad una vez que hubiéramos huido de esa casa terrorífica. “Muy bien, déjenme sola con el chico”, nos sorprendió. Solo atinamos a pasar al living, mientras cerraba la puerta. Nuestra sensación era que le estábamos entregando mansamente nuestro hijo a una bruja desconocida, fumadora empedernida, en una casa en la que ni el más valiente querría permanecer más tiempo del necesario. Fueron ¿15 minutos? ¿media hora? para nosotros, una eternidad. Un viejo sofá de cuero verde remachado en sus bordes era el único descanso posible en ese cuarto, pero nuestros nervios nos impedían sentarnos. Eso sin contar que para hacerlo teníamos que desplazar a un gato negro de ojos verdes que no nos sacaba la mirada de encima. Preferimos apoyarnos en la baranda de la escalera de madera que conducía al piso de arriba, y esperar allí. Los techos altos obligaban a fijar la mirada en los detalles de sus molduras, que se cubrían de telarañas a medida que se acercaban a los ángulos. Un empapelado triste y de tonos oscuros completaba el panorama de un lugar como los que solía describir Edgar Allan Poe. Al rato se abrió la puerta, salieron ambos con aspecto de estar satisfechos con la negociación entablada y la mujer nos acompañó con un gesto hacia la puerta. Mirando a Sebi dijo: “Nos vemos el miércoles que viene”.

Salimos aliviados, con la convicción de que nunca volveríamos a ver semejante personaje, ni sentir su insoportable olor a cigarrillo, mucho menos pisar su casa horrible y tenebrosa. Marta tuvo la piedad de no recordarme que me dijo 100 veces que no era buena idea elegir una profesora sin recomendación, así como 10 años antes me había dicho que no era buena idea elegir un pediatra porque estaba cerca de casa. El tema se convirtió en tabú. No se mencionaba. Nadie hablaba de esa entrevista, ni de inglés, ni de buscar otra profesora. Ese momento no había existido. Hasta que pasó una semana.
___

“Má, es miércoles” dijo Sebi. “Si, lo sé” respondió Marta. “¿Me estoy olvidando de algo?”“Tengo que ir a mi profesora de inglés, me pidió que lleve un cuaderno, puede ser viejo o usado, y algo para escribir”“No, no vamos a volver a esa maestra, a papá y a mi no nos gustó, ni siquiera tuvo la consideración de no fumar delante tuyo, y esa casa… esa casa…”. “A mi sí me gustó, le voy a pedir que no fume cuando estoy yo. ¿Vamos?”

Tenía esa capacidad de dejarnos sin opciones, de torcer voluntades sin que éstas se dieran cuenta, de encontrarnos llevándolo donde dijimos que jamás volveríamos, preguntándonos “¿cómo llegué acá?”.

Aquél miércoles Sebi tuvo su primera clase de inglés, a la que sucedería otra, y luego otra, y después muchas más a lo largo de meses. Su maestra dejó de fumar delante de él, a regañadientes, y con el paso de las clases fue ordenando su escritorio y agregando lamparitas a la araña de su estudio. Un buen día el cenicero siempre lleno de colillas desapareció, y otro, como por arte de magia, apareció un plato de galletitas Boca de Dama a la hora de la merienda. “Son para vos”, le dijo a Sebi, que las honró como si fueran Oreo. Empezó a aparecer con una camisa blanca con puntillas y pollera gris, una vestimenta más decente que los vestidos de entrecasa, y su pelo se veía más acomodado, no como de peluquería, pero sí de prestarse un poco de atención frente al espejo.

Pensarán que me estoy olvidando mencionar algo importante: el nombre de la maestra. No lo recuerdo. Jamás lo recordé, para mí su nombre se terminó el día que perdí el papelito donde había anotado sus datos de un sitio web que jamás pude volver a encontrar. Es que sencillamente, después de su primera clase, Sebi decidió rebautizarla.

“Sebi, ¿porque anotás los tiempos de los verbos al costado en lugar de hacerlo en los espacios en blanco como dice el ejercicio?”, pregunte. “La Señorita Krabappel me dijo que lo haga así, que antes de completar la tarea la anote a un costado y la revise con ella antes de escribirla en el cuaderno, así la llevo al colegio bien hecha”“¿La señorita que?” “Krabappel, como la de Los Simpson, esa que cuando Bart…” “Sí, yo se quien es la Señorita Krabappel”, interrumpí, “pero ¿así llamás a tu profe de inglés?”“Sí, no me digas que no se parece: es vieja, fuma, vive sola, y es profesora. Además parece mala pero es buena. Igual, la llamo así porque nunca me dijo como se llamaba, y cuando le conté que para mi era la Señorita Krabappel se mató de la risa, pero dijo que no veía Los Simpson, así que no se de que se reía…”.
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Que será de la vida de nuestra Señorita Krabappel. Siempre tuve la sensación que para la época en que Sebi tomó sus clases, era su único alumno. Pese a que presumía de brindar formación en empresas y para grupos particulares selectos, nada resultaba creíble dicho en chancletas y bata floreada. Sí estoy seguro que un buen día, y de manera inesperada, un chico lleno de alegría llegó a su casa, tocó su timbre y, por unos meses, llenó de luz aquella vieja casa que hoy vuelvo a ver en penumbras.

enero 20, 2013 | En: Libros e historias

Gameboy

Gameboy ColorGameboy es un excelente nombre para un superhéroe de Marvel. “Niño-juego” sería una traducción literal, y encaja a la perfección en la descripción sintética que uno puede hacer de Sebi.

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Fue su objeto de deseo durante meses.

Al principio lo mencionaba como un imposible. Pero era una trampa cazabobos, donde el bobo vendría a ser yo. Comenzaba nombrándolo,describiendolo, instalando el tema en la mesa familiar. Cuando querías acordarte, ya estábamos hablando de como pagarlo sin cuestionar la compra. Como la gota que horada la piedra, como Bart y Lisa con “llévame a Monte Splash”, Sebi iba por lo suyo con la seguridad de que no iba a venir del mundo de los adultos la razón que le impida alcanzar sus objetivos. En este caso era un simple dispositivo de juegos con un precio poco acorde al presupuesto familiar del momento. Con poco margen para salir del lugar de malo de la película, propuse una salida elegante consistente en comprarlo usado: no hubo objeción.

¿Qué era el Gameboy? Una consola de juegos portátil de Nintendo, antecesora de tantas otras como hoy la Playstation portátil. Primero salió en una versión bastante rústica y después mejoró –poco- pasando a llamarse Gameboy Color, que es la que finalmente se compró Sebi. Los juegos se cargaban en unos cartuchos difíciles de conseguir, un producto preciado del mercado negro de los parques Rivadavia y Centenario.

Pero algo tan sencillo, equivalente hoy a tener un celular con juegos, trajo polémicas que solo el tiempo pudo despejar.

“No”, era mi respuesta inicial a casi todos los pedidos, para después pasar a reflexionar sobre la validez de los mismos. “No podés llevarlo al colegio, se te puede romper, perder, lo vas a tener que prestar, recién lo compraste, disfrutalo en casa primero”, dije casi por decir, como repitiendo un mandato inútil y oxidado que vaya uno a saber de donde traemos las personas grabado en nuestros genes paternos.

Ese “no” como respuesta inicial sólo se sostenía en un porcentaje pequeño de oportunidades. No viene al caso hacer un análisis más minucioso del principio de autoridad en mi casa, solo diremos que esta fue una de las circunstancias donde me vi obligado a rever mi posición. Era evidente que Sebi siempre tuvo en mente tener un Gameboy para llevarlo a la escuela.

——

Con el paso del tiempo me permito dudar de la imagen de alumno que tenía de Sebi por entonces, pero ese momento no es este y nuestra preocupación por su rendimiento escolar era permanente. La concentración no era uno de sus puntos fuertes, y la idea de llevar un elemento distractivo no parecía una de las buenas. No obstante esto cedimos, y el Gameboy consiguió su primera funda para viajar al espacio exterior.

La primera semana en la que incursionó en el grado con su novedad finalizó con una reunión con la maestra en la que nos transmitió sus inquietudes. “Sebi estuvo trayendo un aparato a la escuela. El de por sí ya es un chico que no participa mucho de los juegos colectivos o deportivos, prefiriendo las actividades más solitarias como la lectura o los juegos de cartas. Creo que no es buena idea que traiga un dispositivo que es individual y lo aísla aún más del entorno. Sería mejor despojarlo de aquello que le sirve de excusa para no interactuar”, dijo más o menos la maestra, y no pudimos menos que coincidir.

Se lo planteamos a Sebi pero dejándolo librado a su decisión: nos parecía un tanto cruel impedirle exhibir antes sus pares algo que para él aparentemente era más que un juego: sentíamos que ese Gameboy lo posicionaba, le deba identidad, un perfil determinado que estaba intentando construir, con sus propias herramientas e ideas, que no eran ni las nuestras ni las del colegio.

Por supuesto que puesto a elegir, Sebi siguió llevando el Gameboy al colegio cada día religiosamente.

Pues bien, parece que aquella visión de aislamiento que le pronosticaban, casi como si el juego lo llevaría directo al autismo por un camino sin retorno, no sólo no fue tal, sino todo lo contrario. Sebi y su Gameboy se convirtieron en un centro de atracción en los recreos, a tal punto que la maestra los retaba porque no hacían caso al timbre que los convocaba a volver a las aulas. Hasta formaron el “Club del Gameboy”, integrado por varios chicos y un solo Gameboy, el de Sebi. Comenzó a ser apreciado por su condición de portavoz de un nuevo entretenimiento (como luego sería de otros), buscado e invitado por sus compañeros interesados primero en el objeto, sí, pero también en la impronta que Sebi le ponía con sus explicaciones técnicas.

Finalmente, marginación mutó por integración, y los que creíamos saber de todo no sabíamos de nada. La maestra nos contaba sorprendida como de un objeto individual se había generado un hecho colectivo. Hasta me quedó flotando la sospecha de que nunca aspiró a tener ese juego por una necesidad lúdica, sino con la idea de convertirlo en la carta que lo haga avanzar varios casilleros de un saque en ese tablero donde todos intentamos ocupar un lugar digno, y en el que se sentía rezagado.

El Gameboy tuvo un ciclo breve: sólo unos meses de gloria, yendo y viniendo en bolsillos de camperas y mochilas, pasando de mano en mano, para luego quedar en el olvido postergado por otras modernidades.

Cada noche paso por el cuarto de juegos y lo veo apagado, triste, solo en una repisa. Y me mira. Está esperando que su único dueño lo vuelva a hacer jugar.

Enero de 2008 fue el segundo peor mes de mi vida.

Las vacaciones en Aguas Verdes con la familia de mi hermana Beatriz incluían pasar fin de año junto al mar, viendo el espectáculo de los fuegos artificiales a lo largo de toda la costa, hasta donde alcance la vista. Precisamente, durante la celebración del fin de año es cuando comenzamos a percibir los primeros síntomas extraños en Sebi. Durante la cena, empezó a mostrar una mueca al hablar, como si estuviera fanfarroneando. Mi primera reacción fue de enojo, me parecía que era un hábito que se le había pegado y me causaba desagrado. No era la única señal de que algo andaba mal que yo malinterpretaba: también parecía costarle levantar las botellas de gaseosa, por eso se la pasaba pidiendo que le sirviéramos. “Sebi, estás grande, vas a cumplir 11, ¿hasta qué edad pensas que te tengo que servir la bebida?”. Salíamos a la calle y me agarraba la mano para cruzar. En una localidad donde pasaba un auto cada hora, una exageración. “¿Sebi, por qué no mirás si vienen autos en lugar de agarrarme la mano cada vez que cruzamos?”. En mi defensa podría alegar que la negación tiene mil caras, pero definitivamente no era esta la que más ayudaba a Sebi a entender que mierda pasaba. Es que durante todas las vacaciones Sebi fue mostrando pequeñas dificultades motrices que no eran habituales.

Nos llenaban de angustia, pero no parecían tan graves como para volvernos, pensábamos que dramatizar de más solo empeoraría las cosas.

Ese verano estábamos en un excelente momento de la relación padre-hijo. Habíamos encontrado una amplia zona de afinidades. Gustos y temas compartidos nos unían, nada de desearle un futuro de futbolista o de alumno perfecto, yo había descubierto su mundo de potencialidades y él había triunfado en su luchar por ser él mismo y no quien yo quería que sea. Estábamos en paz. Ahora buscaba que logre cierta independencia, se lo veía muy cómodo con el séquito de ayudantes que se construyó, y todo lo cotidiano lo tenía resuelto en bandeja. Que se sirva la bebida solo o cruce la calle por las suyas eran pequeños gestos, creía yo, hacia su independencia. Faltaban 18 días para entender que el no hacerlo se trataba de otra cosa, una forma de pedir ayuda ante algo que pasaba y no lograba entender.

——–

Sebi en Aguas VerdesTeníamos cierta rutina, al estar viviendo cerca del mar, que consistía en dividir nuestra estadía en la playa en turno mañana y tarde: al mediodía hacíamos un break para almorzar en casa, dos dúplex pegados, uno para cada familia, en los que alternábamos para organizar las comidas, siempre multitudinarias. En general un almuerzo liviano, algunos sándwiches, ensaladas, algo para picar. Una sola cosa nunca podía faltar: aceitunas. Y los responsables de comprarlas, después de los primeros días, éramos Sebi y yo. La razón es vieja como la historia del hombre. Una razón de ojos claros y pelo ondulado.

La fiambrería de la calle Diaguita casi esquina Crucero La Argentina estaba bien puesta, un escalón más arriba que el típico negocio de temporada en la costa, con toneles conteniendo aceitunas verdes, negras condimentadas, berenjenas en escabeche, corazones de alcaucil, morrones con ajo y oliva y conservas varias. Las estanterías de madera, intencionalmente irregulares, mostraban frascos con todo tipo de delikatessen. Una pequeña heladera en mejores condiciones que las que se solían ver en el resto de los negocios contenía una cantidad limitada pero seductora de fiambres. Detrás de la heladera con forma de mostrador, atendían los dueños del lugar: una joven pareja con ganas de marcar la diferencia respecto al típico almacén de la costa atlántica: buena idea, lugar incorrecto, diría un asesor financiero, pero estaban en edad de poder equivocarse y aun así ganar con la experiencia.

Los primeros días llegábamos a comprar fiambres, pan saborizado, alguna otra cosita y, por supuesto, aceitunas. A veces íbamos unos, a veces otros. Con el correr de los días dejamos de comprar tantas cosas por motivos presupuestarios, y solo llevábamos aceitunas, para amenizar la espera de la comida principal. Y los que íbamos a comprar éramos Sebi y yo. Él había detectado una zona horaria clave para ir: entre las 13 y las 13,30 el ¿novio? seguramente iba a reponer mercadería o atender otros asuntos del negocio, pero lo importante es que estaba solo ella.

No fue idea mía, pero reconozco que no me desagradaba. En esos escasos momentos entablábamos conversaciones de una extensión desproporcionada para una compra de solo 250 gramos de aceitunas verdes sin carozo. Es ahí donde Sebi desplegaba su herramienta de seducción más poderosa: la palabra.

Sabía ejercer su poder de fascinación en el mundo de los adultos, pero en este caso, creo que su interés en las aceitunas no estaba relacionado con la edad de la chica sino con el género.

La vendedora era, esencialmente, muy simpática y dada al diálogo. Había desarrollado cierta debilidad por Sebi y le festejaba sus comentarios creativos. Pero él no tenía con ella los mismos diálogos que con el heladero o el de la casa de videojuegos. Intentaba impresionarla con su inteligencia. Si no fuera porque tenía 10 años, diría que estaba queriendo conquistarla. Y no es una conclusión sesuda: era muy bonita, de rasgos delicados y cuerpo agradable, piel suavemente bronceada, un pelo largo y ligeramente ondulado, unos ojos tan verdes como las aceitunas que comprábamos, poco más del doble de los años de Sebi y poco menos de la mitad de los míos. Cuando le hablaba lo hacía con ternura, con esa cara que desarrollan las mujeres cuando ya están pensando en la maternidad, y Sebi la miraba con esa cara que desarrollan los chicos cuando ya están pensando en… las mujeres. Claro que esa ternura se interrumpía al momento de decirme “Son 17,50”, y desaparecía por completo con el lapidario: “que ingenioso que es su hijo, señor”.

Nunca tuve chances en la competencia con Sebi por impresionar a la chica de las aceitunas pero, si existía alguna, se terminó en aquella tarde donde discutimos delante suyo por dinero. “Sebi, llevemos aceitunas comunes, las sin carozo son muy caras y somos muchos para comer”. “En realidad son más baratas Papá, porque el carozo es lo que más pesa en la aceituna: si te fijás cuántas sin carozo y cuántas con carozo entran en 250 gramos, te vas a dar cuenta que aunque pagues más, te llevás muchas más aceitunas”. Jaque Mate.

La chica que presenció el diálogo quedó fascinada con ese niño cuya reflexión dejó al adulto como un tonto.

Tengo que decir que me gustaba jugar ese papel de partenaire, de darle pie para que desarrolle aquello que mejor sabía hacer.

Durante muchos años mi rol fue exponer sus debilidades: hace tiempo disfrutaba que se apoye en mí para exhibir sus fortalezas.

¿Habrá sido su primer amor de verano? Finalmente ninguno de los dos se quedó con la morocha. Como era lógico, se fue con su novio, un grandote joven, lindo e igualmente amable y simpático.

Pero estoy seguro que algo de Sebi quedó en ella. Y que si todavía tiene un negocio que se dedica a vender aceitunas, convence a sus clientes que lleven las que no tienen carozos, porque, aunque son más caras, en igual peso entran muchas más.

julio 14, 2012 | En: Libros e historias

2 libros

“Plantado en sus patas traseras, usó de pala las delanteras.
Hasta que algo duro halló y con fuerza tiró.
Pero cuando los ojos abrió, adiviná que vio.
No se trataba del hueso que cierto día enterró”.

Todavía resuena en mi cabeza ese párrafo.

Cuando paro en un semáforo o me tomo un té en el escritorio de mi trabajo, distraído, repito para mis adentros o en voz muy baja: “Plantado en sus patas traseras, usó de pala las delanteras…” Por algún motivo inexplicable -o no tanto-, uno retiene cierta información, datos, cifras, cuestiones aparentemente inútiles que a esta altura de la vida ocupan parte de un espacio cada vez más escaso en ese lugar llamado memoria.

Cada año que pasa, cada 17 de julio, siento más mutilado mi derecho a verlo crecer. De Sebi hablo, por supuesto. Tengo que conformarme con los recuerdos, aporte insuficiente y de dudosa credibilidad. Pero no estoy en condiciones de elegir, y es a eso que me aferro con todo, tratando de tener una parte de Sebi cada día a fuerza de historias, momentos, objetos, todos redactados en tiempo pasado.

Entre las cosas que me cuesta perdonarme está el no haber pasado con él todo el tiempo que se merecía, todo el tiempo que nos merecíamos. Recién ahora lo entiendo. Y entre tanto reproche inútil, se me cuelan historias. Más de las que supongo, y que tienen más magia que la que les adjudiqué en su momento.

Reviso su biblioteca y en cada libro aparece un puñado de lecturas compartidas. Dos de esas me marcaron: una fue “Peli Pelícano y su Picazo” y la otra “Sabueso perdió su hueso”. Trato de entender porqué esos dos libros significan más que el resto. Podrían haber sido otros, algunos más actuales, de esa época en que disfrutamos en forma compartida la pasión por lo fantástico. Pero no. Una y otra vez vienen a mi mente los párrafos de esas lecturas.
Peli Pelícano - Sebastián Grinberg“Peli Pelícano” es un libro pequeño, cuya característica saliente es que tiene un pico de plástico en la parte superior para abrir y cerrar, lo que hacían -primero Sebi y después Sofía- cada vez que en el texto se leía “¡Chic! ¡Chac!, ¡Chic! ¡Chac!”. El Pelícano en cuestión sentía que el pico que tenía que portar no era de su agrado, deseaba tener uno más chico. Pero a lo largo de sus escasas páginas, el libro va develando que lo que suponía una deformidad, lejos de ser una desventaja lo transformaba en un heroe para sus pares. “Dos leoncitos juegan cerca de una fogata. Pero de pronto se levanta viento. ‘¡Ayuda!’ gritan, ‘¡se incendió el pasto!’” “¡Chic! ¡Chac!, ¡Chic! ¡Chac!” grita Sebi varias veces, mientras abre y cierra el pico articulado del libro. “No se asusten” dice Peli, mientras llena de agua su pico y apaga el fuego. “¡Hurra por el pico de Peli! todos lo felicitan. Y Peli se pone muy contento.” Y Sebi también.

Sabueso perdió su hueso - Sebastián GrinbergEn cuanto a “Sabueso”, que decir. Un perro torpe que no recordaba donde había enterrado su hueso. En la búsqueda se topa con los objetos más inverosímiles, desde un zapato hasta un subte, para finalizar con el esqueleto de un dinosaurio por el que le dan una suma importante de dinero, que el destina a agasajar a sus perros amigos. El punto es que ante cada búsqueda, leíamos el mismo estribillo, que Sebi repetía hasta el infinito: “Plantado en sus patas traseras, usó de pala las delanteras…”. Pasaban los años de aquellas lecturas y cuando alguno de los dos empezaba el párrafo, lo terminábamos repitiendo al unísono: “…hasta que algo duro halló y con fuerza tiró…”.

Escribiendo esto descubro que no se trataba de leer, ni de iniciarlo en el mundo de la lectura, ni de despertar en él la pasión por los libros: se trataba de momentos. Que es lo que realmente importa. Eso que permite que ahora se transformen en recuerdos y no hayan pasado al olvido por ser simple transcurrir de los días.

Ahora lo sé.

Estos dos libros no fueron lecturas, fueron momentos, gratos, de esos que uno recuerda con una sonrisa. La misma con la que me sorprendo mientras voy por la calle murmurando “¡Chic! ¡Chac!, ¡Chic! ¡Chac!”.

abril 8, 2012 | En: Libros e historias

Un 8 de abril

Sebi a la salida del cole
Un día como hoy, hace 4 años, festejábamos el último cumpleaños de Sebi.

El número 11.

Parecía haber pasado un siglo desde aquel de los 10 años, celebrado junto a sus amigas Juli y Anto, tan pleno de felicidad.

Ni sospechaba que sería el último. De saberlo, habría hecho todo diferente. Pequé de un optimismo excesivo, pero quienes nos rodeaban en esa época pueden atestiguar que la fuente de tanta esperanza era el propio Sebi y su energía inagotable.

La mañana empezó con una difícil misión: ir a comprar un jean, porque todos le quedaban ajustados después de varias semanas de corticoides. No teníamos mucho para recorrer: Marti conocía nuestras limitaciones y nos mandó con rumbo fijo a un pequeño local en la galería de Acoyte y Rivadavia donde ya había averiguado la disponibilidad de talle. Llegamos y nos mostraron 3 ó 4 modelos de los cuales Sebi eligió uno, y nos fuimos para el probador. Fue allí donde se dió una situación compleja: era un pequeñísimo cubículo de durlock, precario, frágil, tambaleante. Teníamos que entrar los dos, porque a Sebi le costaba sacarse y ponerse los pantalones, y allí estaba yo para darle una mano. Entramos como pudimos, muy ajustados. Cuando empezó a cambiarse apenas nos podíamos mover, golpeando permanentemente las paredes. Supongo que desde afuera parecía que estabamos librando una lucha dentro del probador. “¿Está todo bien?” preguntó la vendedora. “Sí, no te preocupes”, mentí, mientras Sebi empezaba a matarse de risa y a exagerar sus movimientos, yo creo, con la firme intención de derribar las paredes del probador. Pero el durlock resistió, y salimos ambos por la pequeña puerta, todos colorados, en busca de la aprobación de la vendedora. “¿Te parece que le queda bien?”, le pregunté, porque creo que ningún hombre está en condiciones de tomar decisiones serias sobre la compra de ropa. “Sí, de cintura perfecto, de largo le tendrán que hacer un ruedo”, me respondió con más ganas de que nos vayamos antes de que nos probemos otra prenda. Sacarse el pantalón nuevo y ponerse el que traía resultó una tarea tan titánica como la anterior, pero salimos triunfadores y sonrientes, del vestidor primero, y del local después.

El día continuaba en un cine con los compañeros del colegio. Nos encontramos en el hall de entrada del Village de Caballito: allí estaban su mejor amigo Federico, Manuel, que tanta compañía le estaba haciendo esos meses, Juan Martín, su socio del taller de carpintería, y otros.

Mientras subíamos las escalera mecánica un grupo de adolescentes que venía detrás nuestro empezó a reírse del aspecto de Sebi. No tenían por qué saber que esa pelada, con un corte tan extraño, y el aspecto regordete que le daba la medicación, lo transformaban en una persona que no era. “¡El no es así, pronto va a volver a ser el de antes!” pensaba en gritarles. Pero no. No se trataba de mi, se trataba de el. “¿Te molesta que te carguen?” le pregunté. “No, me molestaría si me cargan mis amigos, pero a ellos no los conozco ni los voy a ver más”, me dijo con una sabiduría que aún hoy me excede.

La película, Jumper, muy mala -para mi, no para ellos-, solo resultó una excusa para celebrar el día. De los 90 minutos, 45 estuvieron dedicados a mirar y 45 a tirar pochoclo a diversos blancos seleccionados con la misma crueldad que la de los chicos de la escalera mecánica.

Después fuimos al patio de comidas donde se dividieron estratégicamente para complicarme las cosas haciéndome pasar por varios locales: algunos querían hamburguesas, otros pizza, y no faltó quien pidió un sandwich gourmet.

Mientras hago la cola para comprar pizza habiendo ya dejado las hamburguesas en la mesa, se oyen los gritos de un señor enojado. Como tengo mis teorías sobre la curiosidad, no me di vuelta de inmediato. Pero como el resto de mis compañeros de fila sí lo hacía, me resultó inevitable. El señor calvo y gritón estaba parado justo frente a la mesa de los chicos, a los que les reclamaba airadamente. Me acerqué, vi que tenía su camisa manchada con ketchup y entendí todo: el juego del momento era dar golpes sobre los sobres de aderezos hasta hacerlos explotar y ver para donde salía su contenido, en este caso, la humanidad del vecino calentón. Pedí mil disculpas, me ofrecí a cosas ridículas como hacerme cargo del lavado de la prenda. El señor se tranquilizó un poco, y por suerte rechazó mis ofrecimientos de incomprobable cumplimiento.

Miré a los chicos con furia y les dije: “¡No los puedo dejar un minuto! ¡Tienen 11 años!, a ver ¿quién fue el vivo que empezó con esto?”
Todos se empezaron a reír, señalando al autor del disparo letal: “¡Sebi!”.

A la noche recibimos a la familia en una reunión sin estridencias y con chocotorta: después de todo, para nosotros ese era un cumpleaños provisorio, la verdadera fiesta llegaría cuando Sebi se recupere. No se, un baile o algo así, ya le interesaban esos asuntos.

Pero no. Lo provisorio se convirtió en definitivo una vez más.

Y así fue su último cumpleaños.

Y así lo recuerdo: con una sonrisa cómplice.

diciembre 28, 2011 | En: Sus sitios web

Dreamweaver

-“¿Cómo se hace un sitio web?”
Esa tarde Sebi me hizo una pregunta con infinidad de respuestas posibles.
-“¿Para que queres saber?”
-“Quiero hacer mi propio sitio de Naturales, es una forma de estudiar, mientras hago el sitio voy leyendo y viendo las fotos. Además puedo escribir lo que quiera porque sería mi sitio, ¿no?”

Trate de explicarle que no es fácil, que a diferencia de los blogs que habíamos armado juntos, para hacer un sitio hacía falta usar programas complicados para su edad, y entender un poco de programación…
-“¿Que programa?”
-“No importa, pueden ser varios”.
-“¿Y vos cual sabes usar mejor?”
-“Uno que se llama Dreamweaver”.
-“¿Lo tenemos en esta máquina?”
-“Creo que sí”.
Y ahí fue Sebi, a buscar el Dreamweaver y abrirlo.

-“¿Y ahora?”
-“Y ahora es un quilombo, no se por donde empezar a explicarte…”
-“¿Que es esto que dice Templates?”
-“Son como plantillas de diseños ya hechos con textos de mentira, que podés reemplazar por los tuyos”.
-“¿O sea que si elijo un diseño que me guste lo puedo usar para armar mi sitio?”
-“Asi es…”
-“Me gusta este. ¿Me ayudás a empezar?”
-“No Sebi, ¡estoy cansado!”
Realmente no comprendía como él no estaba cansado. Corría el mes de mayo, Sebi venía de 3 meses de radioterapia, visitando varios médicos semanalmente, además de distintos terapeutas alternativos.

Al día siguiente llegué a casa alrededor de las 19.
-“¡Vení papá, fijate como voy!”
Sin que le haya explicado nada, Sebi ya había armado su página inicial del sitio de ciencias naturales que tenía en la cabeza.
-“¿Qué es todas estas letras que se escriben de esta mitad de la pantalla cuando agrego cosas?”
-“Eso es la parte de programación. Por ejemplo, cuando ponés una palabra en negrita, le agregas estas etiquetas que dicen strong. El programa te permite hacer las cosas sin programar, pero es la programación, lo que está por detrás, lo que realmente cuenta: es el idioma de la web, que el explorer después traduce en dibujitos y colores”.

Después de unos días en los que parecía haber abandonado su obsesión por esa página web, me llama con su característico ¡papaaaaá!
-“¿Que te parece como está quedando mi sitio?”
Ya había hecho varias páginas, las había enlazado entre sí, incorporó imágenes, títulos…
-“Me encanta Sebi, está quedando genial, solo veo que tiene muchas faltas de ortografía y que le falta un poco de movimiento”.
Lo de las faltas de ortografía ni lo registró, fiel a su estilo, es como si esas palabras jamás hubieran existido, pero lo de un poco de movimiento le quedó retumbando…
“¿Y como hago para hacer algo en movimiento?”
“Depende que quieras mostrar…”
“Las diferentes fases de la luna, -me interrumpe-, todo en el mismo cuadradito”.
Se puso a escanear las cuatro fotos que quería mostrar, y juntos hicimos una animación muy básica.

Hoy veo el sitio y me llena de orgullo, hasta me conmueven sus faltas de ortografía, tan de el como no podrían ser de ningún otro.
Pueden leerse textos como:
“En la vida no todo es un solo componente, sino que esta formado por mas de uno.
Las mesclas las se separan en heterogenas y homogeneas o solucion”.
Cuando consideró que ya estaba para mostrarlo, mando un email a sus amigos y conocidos, que decía así:

From: sebige@hotmail.com
To: grinbergmario@hotmail.com
Subject: Mi sitio de Ciencias
Date: Sat, 24 May 2008 03:10:04 +0200

Ahora pueden ver mi sitio en http://www.killiweb.com.ar/naturales/index.html
En la parte de La Luna tiene una animación y varias imágenes.
Espero que les guste.

Sebi

No se a que se hubiera dedicado Sebi en su vida laboral, aunque sentía una gran empatía con lo que yo hago, y me encantaba que así sea.

Como fuera, iba a ser un tipo exitoso por prepotencia, un insistidor incansable, un cabeza dura adorable.

PD: El sitio se puede ver en http://www.killiweb.com.ar/naturales/index.html

julio 16, 2011 | En: Letras

3 años sin Sebi

“A veces no son suficientes las lágrimas que ya lloramos, tenemos que pedirles por favor que continúen”. Saramago, La Caverna

abril 9, 2011 | En: Libros e historias

Anécdotas

El día del cumpleaños de Sebi nos vino el recuerdo de dos anécdotas muy graciosas.
Un día, abriendo descalzo la heladera por centésima vez, le digo: “te dije mil veces que no abras la heladera descalzo”, a lo que me responde: “no la estoy abriendo, la estoy cerrando”.
Otro día, mucho más chico, se viste con una remera recién comprada. Marta le dice: “Sebi, cambiate la remera, esa es para salir”. Se pone otra remera y le pregunta: “¿Y esta? ¿Es para entrar?”.

“Comprendo que hay cosas que están huyéndome de las manos  y otras que amenazan hacerlo, mi problema es distinguir aquellas por las que todavía vale la pena luchar de esas otras que deben abandonarse sin pena, O con pena, La peor pena, hija mía, no es la que se siente en el momento, es la que se sentirá después, cuando ya no haya remedio, Se dice que el tiempo todo lo cura, No vivimos bastante para hacer esa prueba”. José Saramago, del libro La Caverna

Hoy Sebi cumpliría 14.

¿Que pediría de regalo?
Quizás algo tecnológico y sofisticado, como un iPad o algo así.
¿Estaría agradecido por haber podido viajar en avión?
Tal vez, pero nos recordaría que le debemos conocer la nieve, porque esas eran dos de las cosas con las que soñaba.
¿Cómo le iría en el colegio?
Seguro disfrutaría de la investigación y lo experimental, y sufriría las pruebas de lengua o aprenderse cosas de memoria.
¿Tendría más amigos? ¿Nuevos amigos? ¿Novia?
No hay duda para nosotros de que sería valorado y querido pero, lo demás, son todas preguntas, inevitables y angustiantes.
Cada día que pasa nos imaginamos como sería la vida con Sebi.
Cada día que pasa su ausencia es una herida más profunda.
Como escribió Saramago, dicen que el tiempo todo lo cura, no creo que vivamos lo suficiente para comprobarlo.

Podemos compartir muchísimos momentos alegres con la gente que queremos, pero hoy solo podemos compartir nuestro dolor.

abril 5, 2011 | En: Libros e historias

Sofía

Como desentendido del contexto tiró su sentencia al aire: “es una nena, se va a llamar Sofía”.

Estábamos entrando al consultorio donde Marta, con una panza de 5 meses, se iba a hacer un estudio que probablemente nos confirmaría el sexo del bebé, entre otras cosas. Es paradójico pero, en la ecografía donde la pareja va a conocer el género del hijo que espera, parecen no importar otras cosas que en el resto de las ecografías sí, como si tiene dos ojos, todos los dedos, los órganos que corresponden, y demás obsesiones producto de no saber que miércoles está pasando allí dentro. Ese día, solo importa si es nene o nena.

Conversábamos sobre lo que suelen hablar las parejas embarazadas en la previa de un estudio. Habíamos querido llevar a Sebi a conocer a su futuro hermano, una actitud muy progre que el no valoraba mucho, porque parecía bastante embolado en la sala de espera. Aparentaba estar en otro planeta, en su planeta, pero estaba más en éste mundo que nosotros. Y así nos lo hizo saber con sus palabras. Dicha en tono casual, sin pretensiones de predicción que, por otra parte, un chico de 4 años no suele tener, la frase pasó por primera vez sin pena ni gloria en medio de nuestros comentarios sobre posibles nombres: “Es una nena, se va a llamar Sofía”.

Al entrar al consultorio, el médico, llamativamente obeso y a quien uno imaginaba le costaba moverse entre el instrumental sin producir destrozos, quiso ganarse su confianza y para derretir el hielo le preguntó: “¿Sabés que vamos a hacer acá?” (por suerte no le preguntó de qué cuadro era, porque lo hubiese obligado a responder por milésima vez que no le interesa el fútbol). Sebi lo miró con cara de sí-me-lo-dijeron-mis-papás-20-veces-pero-te-dejo-que-me-lo-digas-vos-así-te-sentís-importante, ante lo que el profesional en cuestión le contó en qué consistía la ecografía, y que era posible ver a su hermano dentro de la panza y “si tenemos suerte, podemos saber si es un varón o una nena”.
“Es una nena, se va a llamar Sofía”, insistió.
Lo decía con tanta suficiencia y convencimiento que hacía quedar en ridículo al tomógrafo, aparato que requirió décadas de desarrollo para mostrarnos lo que un chico nos estaba transmitiendo, supongamos, por intuición. Parecía no necesitar de aparatos complejos para desentrañar los secretos más profundos de la paternidad.
El médico también estaba incómodo. Le habían quitado provisoriamente el placer de informar el sexo del bebé, y estaba sediento de revancha, que se concretaría al desmentir la contundente e irresponsable afirmación de Sebi.

Acto seguido el ecografísta (insisto, lo recuerdo muy gordo, lo cual es irrelevante para la historia en cuestión, pero lo llamativo de su gordura era la agilidad con que se movía dentro de un ambiente mínimo, lleno de aparatos y con otras 3 personas: algo estaba fuera de escala en esa escena) se dedicó a lo suyo (que no era el entretenimiento infantil), y comenzó a poner gel en la panza de Marti. Las primeras imágenes trajeron los primeros comentarios. Casi todos referidos a la descripción de las partes del cuerpo que se iban viendo, y a cómo habían evolucionado respecto a la ecografía anterior. “Ven papis (eufemismo de no me acuerdo como carajo se llaman y no alcanzo a leer la ficha; aplica a colegios primarios), ahí pueden ver la carita, ese cuenco es una oreja…” Y así hasta llegar a la zona genital. Ahí miró concienzudamente, en silencio, durante un rato que me parecieron minutos pero seguramente fueron segundos.
“¿Qué dijo el chico? ¿Que va a ser una nena? Parece que los chicos siempre tienen razón, es una nena nomás…” “¿Seguro?”, pregunté estúpidamente, “Sí, 100% seguro.”

Nos miramos con Marti, y no precisamente porque Sebi había dicho que era una nena, ya que en definitiva un 50% de probabilidades de acierto es un porcentaje alto. Nos mirábamos porque, además de decir con toda seguridad que era una nena y había tenido razón-acertado-adivinado-o lo que sea, dijo que se iba a llamar Sofía, un nombre que no estaba en nuestros planes y no teníamos idea de donde había sacado. No tenía compañeras con ese nombre, no había programas de TV, ninguna serie o dibujito con Sofía alguna. No teníamos familiares, ni ídolos ni amigos ni enemigos que se llamaran así. Anteriormente había decidido que su abuela pasaría a llamarse “Yaya” -apodo que conserva hasta hoy de parte de sus nietos- y tampoco sabíamos de donde lo había sacado.

“¿A vos te gusta el nombre Sofía?”, me preguntó Marti. “A mi me encanta”. “A mi también”.
“Entonces, si estás de acuerdo, se va a llamar Sofía”. Así fue.

Y desde ese día, y seguro que desde mucho antes también, Sofía y Sebastián fueron hermanos para siempre.

noviembre 3, 2010 | En: Letras

Sebi de mi corazón

Espero que conmigo hayas podido sentirte el adulto que querías ser, así como yo me sentí con vos el chico que nunca quise dejar de ser.
Con amor, Papá.

septiembre 23, 2010 | En: Letras, Libros e historias

Un cuento de Sebi

Me encontré con un email del 2007 donde Sebi me pide que le imprima dos copias de este cuento para mandar a la Antología del Colegio:

“De repente se cerro la puerta… pero ¿Cómo? me pregunte, en casa no hay nadie. Al instante una voz dijo:

-Esta será una gran aventura, Antonio.

Antonio era un chico común, vivía con sus papás, pero su pieza estaba en el sótano con una ventana chiquita que daba a la calle, le gustaba inventar cosas que soñaba que algún día le iban a servir para algo y por haora casi siempre le explotaban los inbentos.

No se la había pasado el susto por el portazo cuando se hizo un agujero en el piso, él gritó y gritó, mientras caía y caía Cuando por fin llegó al final, lo esperaba un montón de tierra que hizo que le duela menos la caída

Se sacudió el montón de tierra y un chico muy raro lo estaba mirando, le dijo:

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El sol de SebiHace 2 años no teníamos la lucidez para entender que Sebi no estaba representado por los símbolos religiosos que elegimos. Este año decidimos cambiarlos, y reemplazarlos por este sol, que representa su interés por la naturaleza, el espacio, la ciencia… Y porque, además, fue, es y será nuestro sol.

junio 16, 2010 | En: Libros e historias

Atleta por un día

Sebi era bueno para muchas cosas, pero definitivamente no para los deportes. Su motricidad no era de lo mejor y tampoco le calzaban demasiado tantas reglas, así que rápidamente supimos que no salvaríamos nuestras economías con un hijo deportista. Por eso ese día fue tan especial.

Sebi y su "credencial" Con su medalla Con sus amigos

En agosto de 2006, la escuela organizó, como todos los años, unas competencias de atletismo en el polideportivo donde los chicos asistían una vez por semana. Sebi estaba en cuarto grado y era notoriamente más bajo y de menor contextura que el resto de sus compañeros, lo que le sumaba una desventaja adicional a la hora de competir desde lo físico.

Yo iba dispuesto más que nada a acompañarlo en ese momento y atender sus posibles frustraciones (aunque siempre aparentaba no interesarle ni la competencia ni los premios). Y a vivir mí propia frustración también porque, para que negarlo, uno quisiera ver a sus hijos primeros en todo o, por lo menos, no siempre últimos. Que sabía yo que ese día nos iba a deparar tanta alegría.

Las primeras competencias no fueron muy felices: lanzamiento de bala y de jabalina. Sebi no lograba salir del lanzamiento nulo, es decir, la jabalina no se clavaba, la bala no recorría la distancia mínima para ser medida. Yo desde la tribuna, en forma inconsciente, emulaba los movimientos de sus lanzamientos, como queriendo darle fuerzas, y dándole varios codazos a los padres que tenía a mi lado. No había problemas, a todos les pasaba lo mismo.

Personalmente no me afectaba mucho el hecho de que no se destacara en atletismo, después de todo, yo era bastante malo en mi infancia en ese tipo de actividades y no había proyecciones fallidas en ese terreno. Sí deseaba que juegue al fútbol, que era la pasión por la cual estaba dispuesto a acompañarlo a todos lados incluso desde antes que naciera. Pero nunca le interesó. Aun así, durante un año entero -2007- concurrió a una clase semanal de una especie de “fútbol para chicos que juegan mal al fútbol” que daban en el club donde hacía natación. Y ahí era feliz, corriendo sin ton ni son, al igual que el resto de los chicos, ante un profesor desesperado por encausar tanta anarquía. Aunque estaba claro que en cierta medida lo hacía por mí.

Volviendo a la competencia, las siguientes pruebas fueron de salto en alto y largo –de las que no participó- y, finalmente, velocidad.

En las pruebas de velocidad Sebi estaba anotado en carrera de postas. Se sortearon los turnos y le tocó ser el último de su equipo de 4, por lo que iba a ser el que llegue a la meta. Yo pensé que le podría haber tocado en el medio, así pasaba desapercibido su desempeño, pero no: más exposición imposible.

Sus compañeros de equipo eran buenos corredores, eso lo tenía que ayudar.

Se largó la carrera y los 4 primeros corredores salieron con todo. Sus 3 respectivos relevos los esperaban cada uno a 100 metros del otro. Sebi estaba parado, super concentrado, a 100 metros de la llegada.

A la primera posta llegaron todos muy parejos, casi primero el compañero de equipo de Sebi. Para la segunda posta nuestro equipo y otro sacaron una pequeña diferencia al resto. Yo esperaba, deseaba, que no fuera por Sebi que su equipo perdiera. Pero como venían las cosas, parecía que su intervención iba a ser decisiva.

Luego de la tercera posta esa diferencia se profundizó: 2 equipos quedaban en carrera, bastante separados del resto. Yo lo miraba a Sebi y lo notaba compenetrado y atento a lo que tenía que hacer. Cuando giran en la esquina de la cancha de fútbol donde se desarrollaba la competencia, el corredor del equipo rival de Sebi se resbala por un instante y el compañero de Sebi se le adelanta un par de metros. Justo en ese momento le pasa la posta a Sebi.

Juro que jamás lo vi correr así.

Yo estaba de frente, así que le veía el esfuerzo en su cara, y sus pelos volando hacia atrás.

Corrió, corrió y corrió. Como nunca lo había hecho. Su rival de la última posta corría un poco más rápido, pero no tenía la misma convicción ni la misma necesidad. Ya tenía otras medallas. De repente, cuando faltaban solo unos 15 metros, trastabilló. Todos en la tribuna exclamaron un “¡uh!” de preocupación porque, en ese momento, todos querían que Sebi llegue primero. Por suerte no se cayó, y el tropiezo le sirvió de envión final para llegar más rápidamente a la meta.

A mí se me llenaron los ojos de lágrimas de verlo tan feliz, al final no era que le daba tanto lo mismo. En la entrega de premios fui a colgarle del pecho, más erguido que nunca, la medalla. “Su” medalla. Otros lucían 4, 5 ó más, de varios podios, pero la de él, valía por mil. Caminó desde la cancha hasta el micro, con una sonrisa gigante, un poco más grande de la que mostraba siempre, porque Sebi sonreía casi siempre. Posó para todas las cámaras de los padres presentes y me despidió, para cerrar la jornada junto a sus compañeros, como un par.

Por supuesto, esa noche, vomitó. Había que hacer lugar para tanta alegría. Ni el vómito le pudo desdibujar la sonrisa grabada a fuego en su carita feliz.

Entre enero y julio de 2008, Sebi terminó de desarrollar un sentido del humor muy logrado, que venía elaborando en los últimos años, con el método de prueba y error: el tiraba su gracia y medía, unas veces salía algo ingenioso, otras una pavada.

Después de muchos comentarios inconsistentes, empezaron a llegar los bocadillos con gracia e ironía. Cortitas, acotaciones ácidas e irreverentes, a las que les sucedían sus propias carcajadas, auto-festejando el éxito de sus palabras. Seguir leyendo y/o comentar »

abril 7, 2010 | En: Libros e historias

13 años

Hoy Sebi cumpliría 13 años. A esa edad yo celebraba mi Bar Mitzva, un acontecimiento a partir del cual, uno se transforma en responsable de sus actos. Es decir, se recibe de hombre. Sebi hace rato que era un hombre hecho y derecho.

No tuvo tiempo para salir campeón del mundo, ni de fundar empresas exitosas, o ser presidente, pero si para vivir cientos de pequeñas historias cotidianas que lo pintan de cuerpo entero. Situaciones simples que hablan de su sensibilidad y de su humor. Una de ellas es la que queremos compartir en este cumpleaños.

El cliente Nº 1

“Cuando el quiosco de mala muerte de la esquina de casa cerró, toda la expectativa de Sebi estaba puesta en qué tipo de negocio lo iba a reemplazar.

No es que le representara gran cosa, pero era el camino más corto a una golosina que conocía hasta ese momento, y eso en la vida de un chico de 8 años sí que tiene valor.

Durante unos meses el local estuvo cerrado con un cartel de alquiler, pero siempre que pasábamos por la esquina se asomaba entre los fierros de la cortina metálica para ver si había movimiento, algún cambio de muebles, algo que anunciara un cambio inminente.

Cuando ya el aspecto de abandono y suciedad se habían transformado en una rutina para la vista, un buen día nos sorprendimos con los vidrios del local forrados con hojas de diarios viejos. Ni siquiera tan viejos como para que despierten alguna curiosidad por sus noticias pasadas de moda. Íbamos camino a natación, y se le pusieron en estado de alerta todos los sentidos al ver que “algo viene a la esquina de mi casa”. Vaya uno a saber que fantasía habrá tenido. Era el negocio más cercano y tenía que ser algo bueno.

Los primeros días pasaron sin que nada cambiara. Y unas semanas después, las puntas de dos escaleras se dejaban ver por encima de los papeles de diario, dándonos a entender que se estaban haciendo refacciones. Pero de gente, nada.

Sebi tenía una gran avidez por entender el porqué de todas las cosas, y hacía desde las preguntas más profundas hasta las más superficiales. Quizás como se armaba un negocio era para el, en ese momento, como entender el origen del planeta o algo así. Como siempre, todos nos subimos a la inquietud de Sebi y el negocio de la esquina pasó a ser una cuestión de estado familiar. El era así. Como dice Esther, tenía el don de dotar de vida y sensibilidad hasta la más abandonada de las esquinas.

Con el correr de los días, los diarios se empezaron a rasgar, dejando ver entre sus roturas la obra en cuestión. Paredes pintadas, una mesada larga, un cuarto cerrado… no le alcanzaban esos datos para darse una idea.

En el momento menos pensado, mientras espiábamos tapándonos la resolana con las dos manos en forma de cuenco, la puerta se abrió y salió una persona. Bah, no salió, porque Sebi no se movió de la puerta, dando a entender que tantos días de espera y ansiedad bien merecían una visita guiada a las instalaciones de vaya a saber qué. Más adentro del local que afuera, llegó la pregunta que develaría tanto misterio: “¿qué negocio van a poner?”. La respuesta fue una única y simple palabra. Pero no era cualquier palabra, era la que Sebi más hubiera deseado escuchar, la primera en un listado de mil: “heladería”.

La cara de felicidad era incomparable. Demás está decir que le encantaba el helado, y una heladería se convertiría en el negocio más cercano a su casa, a solo unos 20 metros.

A partir de ese momento, pasar por la futura heladería era una práctica de varias veces por día. Y los 2 socios que estaban armando el negocio, pasaron a ser inmediatamente sus “amigos”. “Mis amigos de la heladería”, decía permanentemente. “Pasemos a ver a mis amigos de la heladería, a ver cómo van con las heladeras”. “Quiero ver a mis amigos a ver si ya pusieron el cartel”. Y así hasta el infinito. Lo más curiosos es que sus dos “amigos”, eran realmente sus amigos. Compartían diálogos extensos, explicaciones sobre la elaboración, el transporte y la conservación de los helados, los consultaba sobre situaciones críticas como: “¿y si se le acaban los espacios para poner gustos en el cartel que van a hacer con los gustos nuevos?”.

Un viernes de primavera se iba a inaugurar la heladería: ese era un día muy importante para Sebi, que se sentía parte de esta historia. Se regalaría helado a todos los vecinos que asistieran al evento y, como se sabe, el helado gratis es mucho más rico que el pago.

Un par de días antes, le dijeron lo que todo ser humano desearía escuchar de un heladero: “vos vas a ser nuestro cliente número 1”. “Cuando llames por teléfono, no necesitás decir tu nombre, solo tenés que decir que habla el cliente número 1”.

Sebi se sentía pleno. Lograba tejer esos vínculos sólidos con el mundo de los adultos, era agradecido, atento, prestaba atención a las explicaciones de un heladero, diariero o verdulero con más concentración que cuando la maestra le enseñaba a escribir en cursiva. El sí que sabía reconocer lo que realmente era importante.

Antes de vivir una experiencia explosiva a manos de una niñita de 4 años, le comunicaron a Sofía que ella iba a ser el cliente número 2. Así lograron remontar un poco la cuestión con ella, que al igual que nosotros, había sostenido en forma presencial todo este ir y venir.

El día de la inauguración Sebi se descompuso, estaba con vómitos. El resto de la familia, en forma solidaria, se privó de asistir al reparto público de helados. Otros vecinos menos considerados se arremolinaron en la esquina para llevarse lo que por derecho no les correspondía.

Un par de días después tuvimos revancha: Sebi, Sofía y nosotros tuvimos nuestros helados, y surgió una hermosa amistad con los heladeros, sostenida por la presencia mágica del cliente número 1.”

noviembre 1, 2009 | En: Letras

Un día (más) sin Sebi

Esto lo escribí cuando se cumplió un año de su fallecimiento. Pensé que lo iba a mejorar. Ya no. Mario
“Un día sin Sebi es un día sin su curiosidad por saber el porqué de todas las cosas. Es un día sin escuchar sus explicaciones de las teorías de origen del universo, su apasionamiento por el big bang y todo lo que tenga que ver con la ciencia.

Un día sin Sebi es un día sin esos abrazos, cabeza contra el pecho, para recibirnos cuando llegamos a casa, el “Mamaaaaaá”, “Papaaaaaá” con la “a” final prolongada lo que dura el abrazo. Seguir leyendo y/o comentar »

agosto 25, 2009 | En: Letras

Los dolores fecundos

Por Sergio Sinay, Domingo 23 de agosto de 2009, La Nación

“Cada corazón conoce su propio dolor y sabe que tiene motivos para sufrir.” Esto escribió el rabino Harold Kushner en su inspirado libro Cuando la gente buena sufre, y sabía lo que decía. En 1977 Kushner perdió a Aaron, su hijo de 14 años. Creyó entonces que él y su esposa sufrían como nadie lo había hecho jamás. Hasta que empezó a recibir mensajes y palabras de personas que habían soportado situaciones igual de extremas. La comprensión, la escucha y el acompañamiento lo reconfortaron más que todas las explicaciones psicológicas, filosóficas o teológicas que le habían acercado.

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agosto 10, 2009 | En: Letras

Día del niño

El 9 de agosto, día del niño, fuimos a la casa de Yaya y Hugo, los abuelos de Sebi y Sofi. Esta notita estaba arriba de la mesa.

julio 18, 2009 | En: Letras

Big Bang

El escritor Fernando de Vedia nos regaló este hermoso cuento dedicado a Sebi, al cumplirse un año de su ausencia.

Había una vez, en un país muy lejano, hace no muchos pero muchos años, un chico que era políticamente incorrecto. ¿O de qué otra manera se puede llamar a quien, a los once, una edad en la que aún ni siquiera le habían salido granitos, consideraba que nuestras vidas surgieron de una explosión? “El Universo se creó a partir del Big Bang, que se produjo porque la antimateria se juntó con la materia”, solía explicar él, con la misma naturalidad que quien habla del último nominado en Operación Triunfo.
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junio 18, 2009 | En: Sus amigos

El aniversario de Sebi

Pronto, el 17 de julio, se va a cumplir un año sin Sebi.
No se entiende porqué una fecha puede resultar más dolorosa que otra, pero a medida que se aproxima ese día nos crece la angustia, la tristeza, si es que pudiera haber más que la que ya sentimos…

El sábado 18 de julio, a las 11 de la mañana, nos vamos a juntar en Memorial de Pilar para sentirnos junto a él.

Esperamos a todos los que nos quieran acompañar.

abril 6, 2009 | En: Letras

Nuestro Principito

Un fragmento de El Principito, de Antonie de Saint-Exupéry (gracias Ale por hacernos encontrar en El Principito a nuestro principito):
-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo…
Y rió una vez más.
-¿Qué quieres decir?
La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…
-¿Qué quieres decir?
-Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!
Y rió nuevamente.
-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán asombrados de verte reír mirando al cielo.
Tú les explicarás: “Las estrellas me hacen reír siempre”. Ellos te creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada…

abril 2, 2009 | En: Fotos y Videos

El mes de tu cumple

Parece mentira. Ya estamos en el mes de tu cumpleaños. Vamos a hacer mucha fuerza para recordarte con la alegría que tenías en esas fechas. ¡Te extrañamos tanto! Tu bondad, tu fuerza, tu sentido del humor, tu curiosidad sin límites, tu amor, expresado en miradas, abrazos, gestos. Nos gusta ver las fotos del cumple de 10 años en http://picasaweb.google.com/grinbergmario/CumpleSebi2007, con todos tus amigos.

enero 31, 2009 | En: Sus amigos

Tu foto del Cole

Sebi, no me canso de mirar esta foto.
Sos vos, feliz.
A pesar de los rayos, de los corticoides.
No te importaba.
Mientras puedas ir a la quinta. Hablar con Beto de su huerta.
Y estar con los amigos.
Contagiaste felicidad a todos a tu alrededor.
Hoy fue un día que te extrañamos mucho.
Extrañamos tu luz, tu magia.
Tenemos que sacar fuerzas de donde podamos.
Como vos nos enseñaste.

diciembre 17, 2008 | En: Letras

Seguir viviendo sin tu amor

Si a tu corazón yo llego igual, todo siempre se podrá elegir,
no me escribas la pared, solo quiero estar entre tu piel.

Y si acaso no brillara el sol, y quedara yo atrapado aquí
no vería la razón de seguir viviendo sin tu amor.

Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer
no queda más que viento, no queda más que viento.  

Luis Alberto Spinetta

noviembre 22, 2008 | En: Fotos y Videos

Sus tarjetas de cumpleaños

Algunas las tengo que buscar, estas son las que tenía a mano. Son un lindo recuerdo, porque siempre las hicimos juntos, disfrutando ese momento, eligiendo el tipo de letra, los colores, los personajes, y cuando las repartía, sentía que estaba haciendo participes a sus compañeros de algo más que una invitación.  Se pueden recorrer todas haciendo click en “Seguir leyendo”.

Año 2001.

Año 2001.


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octubre 17, 2008 | En: Fotos y Videos

Un album de fotos

Elegidas al azar, imágenes de momentos felices. Nos costó mucho encontrar fotos en las que no esté sonriendo. Algunas solo, otras con amigos o familia. Siempre él.
Haciendo click en la fotos se las puede ver más grandes y recorrer todas.

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septiembre 8, 2008 | En: Sus amigos

La carta de Clarín

El domingo 7 de septiembre publicaron una carta donde traté de contarle a toda la gente que pude, lo que siento por mi hijo. Se puede leer haciendo click en las imágenes. A la derecha está la imagen de la nota con el comentario del editor, Osvaldo Pepe, un tipo al que aprendí a apreciar en una hora de café en Villa Urquiza y que hace honor a la sección que edita en el diario, “Dispuesto a escuchar”. Mario

Esta es la carta que los chicos le mandaron. Haciendo click en la imagen se puede ver más grande y leerla.

Sebastián Grinberg

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